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Texto y Fotos: Nicolás Frank

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Dos vidas errantes: Martín Fierro y Antonio Berni

Es triste dejar sus pagos
Y largarse a tierra agena
Llevándose la alma llena
De tormentos y dolores –
Más nos llevan los rigores
Como el Pampero a la arena.

La vuelta de Martín Fierro”, de José Hernández (1879)

 

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Abrimos esta nueva sección de Serpiente Amarilla para presentar y promover las artes visuales de la ciudad. Y también para evitar el olvido de las mismas. Hoy miramos el legado visual que nos dejó el gran artista Antonio Berni: “Monumento a Martín Fierro”.
    
Al momento de ejecución del monumento, Antonio Berni era un artista maduro y reconocido por  la crítica local e internacional.
Con 76 años trabajaba con la misma vitalidad creadora que lo caracterizó siempre. Fue portavoz y referente de generaciones, haciendo de sus prácticas artísticas un constante tránsito por diversos estilos.
Participó del espíritu liberador surrealista en París, hizo del muralismo una herramienta cultural, propuso una pintura de carácter realista y social, reinventó los engranajes del grabado, y dio lugar a las miserias del pobre Juanito Laguna y a los monstruos que atormentarían a su malograda Ramona Montiel, sus más célebres personajes.

Inaugurado el 17 de Noviembre de 1981, el monumento fue ubicado en la plazoleta del Maestro, Av. Pedriel al 3700, extensión de la Plaza Kennedy.     
Es una escultura ecuestre (*), y de tamaño natural trabajada en acero inoxidable en su interior y luego recubierta por chapones moldeados de bronce empavonado (tratamiento que le da un color oscuro y opaco).
Para la elección de los materiales, Berni contó con los decisivos consejos de su amigo Enio Iommi, artista vanguardista ligado al arte concreto. Ambos se instalaron largas jornadas de trabajo en la ex metalúrgica Piave (Partido Tres de Febrero).
Aunque se han realizado recientemente trabajos de embellecimiento urbanístico de la plazoleta, la obra aún no cuenta con una placa identificadora.
Si bien Antonio Berni abordó la temática gauchesca en obras anteriores, nunca había trabajado la escultura ecuestre. Aquí el artista nos presenta un Martin Fierro consumido, agotado y envejecido. No es el gaucho rebelde e insurrecto, sino devenido a payador, quien carga en sus hombros la culpa de un pasado violento. Con gran esfuerzo parece subir a su caballo. Ligero de equipaje, sin más que su guitarra y rebenque, el gaucho lentamente se abre paso a una larga partida.  
Durante el año del encargo, Berni compartió una muestra colectiva en el Museo Municipal de San Martin. Poco tiempo antes de finalizar el monumento, el artista fallece en un accidente doméstico. Su gran amigo Iommi encabezó las tareas de emplazamiento de la obra en colaboración con los maestros escultores Norberto Capdevilla y Francisco Cabestany Piñol, ambos docentes de la Escuela de Artes Visuales Antonio Berni, siendo este último su primer director.

Esperamos que la recuperación del monumento como bien cultural siga con viento a favor. Esta gran obra es parte de nuestro patrimonio y refuerza el sentimiento de pertenencia. Conociéndola y apreciándola, damos pie a la continuidad de los relatos en la posteridad.

(*) Motivo alegórico tradicional utilizado en monumentos a los grandes capitanes de guerra.

 

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