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ESCENA VII
(…)
LISANDRO: Hagamos las paces... a buenas… Amelia.
AMELIA: Te repito que no insistas. Por otra parte, sería tarde.
LISANDRO: Ya lo sé... Julián Álvarez es tu...
AMELIA: Entonces, si lo sabes... se acabó.
LISANDRO: ¿Él te da la plata?
AMELIA: Él.
LISANDRO: ¿Y le regaló el traje y los botincitos?
AMELIA: Y los botincitos.
LISANDRO: (Exasperado.) ¡Dios!... ¡Dios!... (Después de una pausa.) Decime... ¿Y si yo te matase?
AMELIA: ¡Mátame!... Sería lo único que te quedara por hacer; completar la obra... ¡Estarías en tu derecho, desde que sos el marido!... A ustedes les permite todo la ley, la sociedad y qué sé yo, hasta la religión. Nadie, nadie sin haberlo pasado, puede imaginarse toda la miseria de nuestra vida conyugal. A la mujer más santa, más sufrida, la pondría en mi caso, para demostrar la abnegación con que te soporté siempre. Te quería cuando me casé, te quise más cuando me hiciste madre, a pesar de que ya empezaba a conocerte. Después manoseaste mi amor propio de mujer, me abandonaste y te fuiste abandonando y perdiendo poco a poco los escrúpulos, hasta presentarte ante mis ojos como el más vulgar, como el más indigno y repelente de los seres. Todavía me oprime acá el recuerdo de la náusea con que noche a noche me obsequiaba tu borrachera asquerosa... y las privaciones y el oprobio de la mentira y de la embrolla, porque ni el coraje les queda de tratar con los acreedores... Y el hambre y la mendicidad vergonzante...todo es poco. Encima el marido se abroga el derecho, amparado por la ley y la sociedad, de matar a la infeliz mujer que ha tenido el coraje de emanciparse... y reclamar su parte de dicha en esta vida... ¡Mátame!... ¡Mátame! ¡y mátate!... Tal vez sea mejor! Así le ahorraremos a nuestro hijo el mal ejemplo de nuestras vidas pervertidas.
LISANDRO: ¡Tenés razón!... ¡He sido un infame!... ¡Ya no hay remedio!... ¡Soy un desgraciado!... ¿No es cierto?... ¡Completamente perdido!... Te dejo... ¡Se acabó! Pero, me vas a prometer una cosa. Cuídalo mucho... El pobrecito no es culpable. Adiós. Vendré a verlo alguna vez... (Alejándose.) ¡Cuando no esté borracho!...
(…)

Fragmento de la obra de teatro LOS MUERTOS (1905), de Florencio Sanchez

Florencio Sánchez nació en Montevideo, Uruguay, el 17 de Enero de 1875. Dramaturgo y periodista uruguayo. Algunas de sus obras teatrales son M’hijo el dotor, La gente honesta, La Gringa, Barranca Abajo, Canillita, Los derechos de la salud, entre muchas otras.  Muere en Milán, Italia, el 7 de noviembre de 1910.