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#13 EDUARDO PAEZ DUARTE

Titiritero - Nació el 6 de Abril de 1976 en Concepción, Chile | VECINO DE VILLA BALLESTER

Texto: Silvia Oleksikiw / Fotos: Fernando Carrera

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UN VIAJE DE IDA

Dar a conocer a alguien a través de lo que uno puede transmitir de lo que escucha. ¿Quién es Eduardo Paez Duarte?
Ël se define titiritero, dice que nació en Chile, y que llegó a la Argentina hace ya 9 años y que la provincia de Buenos Aires lo adoptó.
Nacido y criado en Concepción en plena dictadura de Pinochet, en su infancia Eduardo creía que lo único que había en el mundo eran militares. “De chico yo no proyectaba mi veta artística, estaba conectado a la música en la escuela, pero no se me ocurría ser artista. Yo estudié ingeniería comercial, iba por el lado formal. Para mi ser titiritero era como ser astronauta, era una fantasía, una ficción”. Pero a los 19 años, mientras estudiaba Periodismo en la Universidad Católica, la ficción dejó de ser ese lugar donde Eduardo permanecía mientras el arte le ocurría a otros: empezó a leer. Y también a ver teatro. La primera obra que vio fue Viudas, de Ariel Dorfman. “Quedé impactado. La carne, la respiración de los actores, lo ficticio vivo, el compromiso. Retrataba, con una gran poesía, lo que yo me había perdido de ver del golpe militar. Vi la poesía en carne y hueso. Y dije `Yo quiero eso, quiero estar ahí arriba”. Y maravillado por su descubrimiento, enseguidita empezó a hacer teatro con sus compañeros. Y empezó a tomar talleres de teatro, uno, dos, varios y en esos talleres se encontró de pronto dirigiendo al director de esa obra que lo había impactado “Patricio Ruiz, que hoy es un gran amigo y gran actor de esa ciudad. Sentía la palmadita en la espalda que me decía vamos bien, vamos bien”.
La oferta de formación y espectáculos teatrales en los años de dictadura no era vasta en Concepción. Había estado el TUC (Teatro de la Universidad de Concepción, creado en 1951, incendiado por las fuerzas militares en 1973 y finalmente demolido en 1976), y estaban varios grupos que resistían para no desaparecer haciendo obras costumbristas y clásicos infantiles. Ya en democracia, y de a poco, empiezan a llegar directores desde el Santiago capital, que venían trabajando con Andrés Pérez, que a su vez venía de trabajar 5 años con Ariane Mnouchkine en Francia. “Ellos traían una visión muy distinta al teatro costumbrista que se venía viendo en Concepción, que era un teatro de texto, con la figura del protagonista. Ellos traían un teatro mucho más físico, con técnicas de Butoh y kathakali. Para mí salir hecho bolsa después de una clase de teatro era maravilloso”. 

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La curiosidad era inagotable, Eduardo no paraba de sorprenderse. Fue entonces cuando descubrió el títere. “Fui con mis compañeros a ver una obra dirigida por Raúl Osorio que incluía un muñeco en escena, y nunca más le creí a un actor. El muñeco estaba simplemente y se llevaba todo. Y empecé a buscar ver obras que tuvieran muñecos. Así ví Gemelos, de la compañía La Tropa, que había dado la vuelta al mundo con esa obra. Los títeres eran rústicos, el muñeco eran dos palos, pero yo estaba maravillado, y empecé a investigar sobre títeres. Me acuerdo que encontré el video de El soldadito de Plomo de Omar Álvarez (ver Serpiente Amarilla Nro. 1) y para mí fue descubrir las cosas bellas que se pueden lograr teatralmente. Omar, Las Marionetas de Orsini, Rafael Curci fueron guías para entender como incorporar el muñeco al teatro. Yo ya había entendido al títere como elemento dramático, pero ver que en la Argentina ya existía eso como lenguaje, que ya se estaba haciendo de forma teatral me entusiasmó, me partió la cabeza”.
Hacer una Maestría en Pedagogía Teatral en la Universidad de Desarrollo de Chile durante dos años le sirvió para hacer una suerte de Viaje de Egresados a Buenos Aires donde empezó a vislumbrar que acá era posible.Paralelo al viaje por la Maestria se anotó en talleres de Voz y de Respiración, y un mes más tarde volvería a la Argentina a tomar talleres de Técnica Vocal, de Danza Butoh con Gustavo Collini, de Títeres con Alejandro Bracchi, y de Clown con Raquel Zokolowickz. Eduardo empezaba  de a poco a quedarse en Buenos Aires. Sabía que si la cosa no funcionaba podía volver a Chile, donde lo esperaba su puesto de maestro y un sueldo fijo. Pero lo que Eduardo vivía acá era más importante creativamente. “En Chile tenias que ser el mejor, entrar en cierta institucionalidad para sobrevivir y yo venía con ese chip, y ese chip me lo cambiaron mis compañeros acá. La movida no era tan rara, acá era otra cosa. A mí no me motiva tener el título de la diplomatura, yo ya conseguí lo que venía a buscar, en Chile esto sería un pecado mortal, al menos así era en la época en que vivía allá
En medio de tanto aprendizaje y maravilla, los viajes Argentina/Chile y la percepción de la distancia: de kilómetros, de lo aprendido, del crecimiento. Distancia con la que a veces podemos ver las cosas en el entorno que le da marco. Irse y volver, percepciones y sensaciones que van y vienen. La recuperación de la democracia fue muy paulatina en Chile y Eduardo no llegó a verla completamente viva porque ya había emigrado para la Argentina. Fue fuerte su sorpresa cuando en uno de sus viajes ida/vuelta descubrió que su Chile natal había recuperado la vida al aire libre. “Quedé maravillado porque yo no había alcanzado a ver a la gente colmando plazas, tranquilamente sentados, disfrutando del aire libre, seguramente alguien iba a llegar antes de que pudieras sentarte en una plaza a decirte que estaba prohibido sentarse en el pasto”.
Ya instalado en el Conurbano Bonaerense hizo la Diplomatura en Teatro de Objetos en la UnSam. ”Para mi teatralmente fue muy fructífera, si bien no hay talleres de realización de títeres y eso puede ser un problema y una queja, yo lo aproveché mucho. Era experimentar, tener libertad dramatúrgica, podía jugar con el menos, sacar sacar y que quede lo esencial. Fue mi escuela de teatro, y llegaba a casa y me ponía a fabricar los títeres”.
En su vida artística en nuestro país, en el 2012 Eduardo armó su propia compañía de títeres Mariposas en la Panza junto a Gabriela Civale, Hane Welner y Damián Casarrubia (Hurónica), con dos obras en su haber, La Erosión del Hálito, de Jaime Fernández y el Circo de Pekeños Payasitos, de su autoría, con la que se presentó en la Biblioteca Diego Pombo, en el Centro Cultural Espacios y en Abre Club de Arte, entre otros espacios, y visitó Valparaiso y su Concepción natal; viajó a España con la Compañía de Títeres de la UnSam, trabajó con Omar Alvarez durante 3 años, y fue a Chile a dar clases y funciones de Títeres.
También formó parte de Titiribióticos junto a Omar Alvarez, Vanina Grossi y Roxana Bernaule (ver Serpiente Amarilla nro. 11). “La experiencia fue muy fuerte, es lo más lindo que hice en mi vida. Hay que entrar  muy sutil en la situación de la persona internada, no se puede entrar de otro modo. Es un aporte a la salud para todos, para el paciente, para los familiares, para los médicos. Yo pasé mis primeros 5 años de vida en hospitales, así que me decía `No estoy acá por casualidad`”.
Si bien su grupo Mariposas en la Panza se encuentra disgregado, Eduardo sigue presentándose en salas con el Circo de Pekeños Payasitos, y los fines de semana que no tiene funciones sale a las plazas con Abril, un hada marioneta que presentó por primera vez en la Varieté del Festival Pirologías del pasado año 2014 y con la que aún sigue explorando trabajar tanto en salas como fuera de ellas. “En realidad el espectáculo no tiene nombre aún. Me apoyé en una dramaturgia visual. La palabra la estoy encontrando muy vacía últimamente
Hoy dice que se encuentra en una etapa de soledad artística, pero una soledad atenta, agazapada para ver lo que viene. “Quiero trabajar sobre la naturaleza, sobre las pasiones, los deseos, combinar la materia inerte del títere con lo vivo de la carne. Si alguien me propone algo, enseguida me doy cuenta, si eso me motiva o no, si me va agarrar de las bolas, como dicen los españoles
Pese a esa soledad creativa en la que dice estar, el 2015 lo encuentra trabajando en llevar al lenguaje de los títeres su versión de Moby Dick, la novela de 1851 de Herman Melville que narra la travesía de un barco ballenero en la obsesiva y autodestructiva persecución de una enorme ballena blanca. “Quiero trabajar con poco texto, apoyarme mucho en la imagen. En principio quería trabajar solo pero me doy cuenta que tengo que esperar que lleguen los compañeros adecuados para el proyecto. Me cuesta encontrar los compañeros de puro hinchapelotas que soy, y por otra parte, también me resulta difícil  por lo que NO tengo para ofrecerles, necesitamos compañeros que se involucren de una manera netamente romántica. No hay dinero para ensayos y eso puede ser en contra de cierta organización de plazos” .
Eduardo es pequeño y en su hablar aireado puede escucharse la montaña. Hace años comenzó un viaje que lo llevó directamente a sí mismo. A encontrar en lo que parece ya inútil una segunda versión, otra posibilidad de continuar siendo.  El patio de la casa de Eduardo tiene un pequeño taller, una suerte de mesa de observaciones donde poder ver las variadas posibilidades que contiene una “cosa” y hacer nacer inventos, intentos e instrumentos musicales y títeres. Y como diría Mauricio Kartún, lo inútil tiene entidad de sagrado. Con todo lo que encuentra tirado en la “basura” Eduardo fabrica instrumentos musicales: una lata de sardinas se combina con llaves viejas y limpiaparabrisas rotos  y se transforman en una marimba con el sonido hipnótico de la resurrección.No reniega de la tecnología porque la considera necesaria para hacer que las cosas fluyan en algunos casos, pero tampoco reniega de su espíritu artesanal porque cree que esa manera de trabajar aporta a la realización de su propia poética. Con su mujer ,“la Jóse”, intentan también trasladar este concepto para proyectar y llevar adelante su vida. “Una vida dentro de lo posible alejada de cierto consumo innecesario y de encontrar la forma social de resistir a este pie que tenemos encima, aplastante, que no depende de nosotros. No puedo entender que la bolsa de Tokio influya en nuestras vidas” 

Y entre la basura orgánica convertida en tierra y la mano verde de la Jóse, yo quedo maravillada ante la magnitud de su reducido pero esplendoroso jardín nacido en latas, botellas y bidones y la inminente aparición de tomates,  “El secreto está en la calidad de la tierra”, dice.
Eduardo espera la llegada de su primer hijo y sueña con tener su propia compañía con varias obras para ir llevando de acá para allá. Un ansia de llegar a un espacio mayor. Ampliar la propuesta escénica involucrando más gente en sus proyectos. “Uno tiene que valorar su obra, tiene que cuidarla. Yo soy quisquilloso, arisco en la poesía que uno pone en su espectáculo, no quiero ensuciar mucho mi pasión” .

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