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#16 Horacio Faillace

Actor - Nació el 28 de abril de 1944 | VECINO DE VILLA BALLESTER

Texto: Silvia Oleksikiw / Fotos: Fernando Carrera

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“El teatro es lo único en lo

que efectivamente creo”

 

Horacio llega puntual, y con una bandeja de masitas, a la cita de las 9 de la mañana. “Temprano para invierno, dice, pero con un café estoy listo para salir”. Horacio Faillace es actor, fue empleado administrativo, y es librero en la magnífica librería Garabombo, de San Martín.
Sus primeros treinta años de vida transcurrieron entre sus casas de Independencia 8, y Marengo 55, en Villa Ballester. “Éramos 4 hermanos, yo soy el más joven. Mi viejo tenía una carnicería en la esquina de Pueyrredón e Independencia. Durante las presidencias de Perón no paraba de vender, así que en mi infancia no faltó el dinero. No había lujos, pero sí un malgasto de mucho dinero, mi viejo perdía todo lo que ganaba. En mi casa me negaban la mermelada de frutilla porque creían que ciertos gastos pertenecían a otra escala social, a una más alta. Pero nunca nos hizo faltar nada, ni nos pidió nada mientras vivíamos con él
El secundario lo hizo en el Colegio Reconquista, en Villa Urquiza. “Fui abanderado en casi todos los años, con un promedio de 9,50, era un bochón estudioso. Pero tuve una infancia y una adolescencia complicada y me costó mucho salir de esas complicaciones -aún me cuesta- y no disfruté de esa etapa. Recién de grandes nos encontramos con mis compañeros de secundario. Nos quisimos y nos queremos mucho, yo no era un tipo malo pero estaba aislado, era medio pelotudo
Al terminar el secundario sus padres, que como él los define –“eran “m’ìjo el dotor”, esperaban de él un abogado o un contador, pero Horacio se anota para dar el ingreso al Conservatorio Nacional de Arte Escénico. Pero ¿qué lo hizo querer ser actor? “Y al parecer siempre es la misma historia, ¿no? En la secundaria; una profesora de Literatura que yo amaba, y que marcó la diferencia. Nos hizo preparar Don Juan Tenorio, de Juan Zorilla para un ciclo de teatro escolar que se presentaba en televisión. Parece que ya en aquel entonces yo tenía aptitudes para el Teatro”. Con gran resistencia de su familia, Horacio se anota en el Conservatorio. “Y para mi sorpresa, aprobé el ingreso. Éramos mucha gente, y entramos sólo 45 personas. Fue uno de los días más felices de mi vida”, se emociona, y advierte que es muy llorón.
Igualmente Horacio, para darle el gusto a sus padres, también se anota en la Facultad de Derecho en la UBA, pero después de dosaños decide abandonar y dedicarse por fin de lleno al Teatro.“Mi padre lo aceptó lo mejor que pudo. Finalmente después de 5 años, nos recibimos sólo 6 de aquellos 45 ingresantes al conservatorio”.

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Entonces, este recién recibido Actor Nacional y Profesor de Historia del Teatro, echado al mundo de los nuevos dramaturgos argentinos como Roberto “Tito” Cossa, Ricardo Halac, Carlos Somigliana, pero formado en el mundo clásico de Lope de Vega y William Shakespeare, se da cuenta que debe sumar otras experiencias artísticas y que debe seguir formándose por otras líneas de actuación “Yo puedo ser un pelotudo importante en muchas cosas pero soy inteligente en el teatro; me di cuenta enseguida que iba ser difícil si no dialogaba con lo nuevo que estaba pasando en el teatro”.
Curioso, deseante e inteligente, Horacio se acerca como actor al mítico Instituto de Experimentación Audiovisual Torquato Di Tella de la calle Florida 936, de la Capital Federal. Allí compartió días y proyectos con la dramaturga Griselda Gambaro y su marido el escultor Juan Carlos Distéfano, con el músico Carlos Cutaia, con una joven Nacha Guevara, Lía Jelin, Marilú Marini, con el periodista Enrique Raab (desaparecido por la última dictadura militar), con Les Luthiers (Los Musicistis), entre otros.  Viajando diariamente de Villa Ballester a Capital Federal Horacio debuta en 1966 en su primera obra El Burlador, dirigida por Roberto Montero, y hecha unicamente con movimientos y onomatopeyas. Le siguieron Timón de Atenas, de William Shakespeare, junto a Víctor Laplace y con dirección de Roberto Villanueva, Libertad y otras intoxicaciones escrita y dirigida por Mario Trejo, con un elenco ecléctico que incluía actores, modelos, bohemios, gente de la noche. “Esta última obra fue un éxito, fue un suceso, hacíamos funciones en pleno invierno a la 1 de la mañana, la gente hacía cola y llenaba la sala. Pero las dos primeras fueron un fracaso rotundo. Pero el Di Tella permitía eso, era experimentación pura”. En el ‘67 lo convocan para la Comedia Nacional del Teatro General San Martín, en donde trabajó en Luces de Bohemia, de Ramón María del Valle-Inclán, dirigida por Pedro Escudero. Ahí conoció a Carlos Muñoz, Miguel Ligero y a Irma Roy, entre otros actores. “Con Irma no coincidíamos ni artística ni políticamente, aunque los dos éramos peronistas, pero nos hicimos muy amigos. Ella me abrió la puerta a la televisión, en pequeños papeles” . También estudia con Augusto Fernandes, quien un año más tarde lo convoca para su obra La Leyenda de Pedro, una adaptación de Peer Gynt de Henrik Ibsen. El elenco estaba formado por Adriana Aizenberg, Carlos Moreno, Lito Cruz, Franklin Caicedo, Hugo Urquijo, David Amitín, Helena Tritek, entre otros. “Ese fue otro de mis días más felices. La estrenamos en el ‘ 72 en el Teatro Regina pero ya durante los ensayos nos habían invitado para el Festival de Nancy en Francia. Y luego fuimos a la Reseña Internacional en Florencia, Italia, y más tarde a Berlín, en Alemania”  Después de tres meses de recorrer festivales, al volver a Buenos Aires tenían la sala Martín Coronado del Teatro Municipal General San Martín a sus pies. Pero las funciones, a sala llena, duraron sólo 20 días: el duelo ajedrecístico Spassky-Fisher que paralizó al mundo les canceló el resto de la temporada. “Esa obra se convirtió en la leyenda de mi vida. Cuando volvimos de Europa, no sólo se cortó abruptamente la obra sino que en lo personal, mi casa era un desastre, económica y financieramente hablando, y junto a mis hermanos tuvimos que hacernos cargo de nuestros padres”. Consigue un trabajo estable como empleado administrativo pero horarios de ensayo, funciones y un trabajo tradicional no eran compatibles. Así que Horacio a los 28 años se aleja del teatro, creyendo que era para siempre. “El teatro es un arte grupal, y se necesita conciliar horarios entre varios. Y si tenés, como era mi caso, un trabajo desde la mañana temprano hasta las seis y media de la tarde, no podés hacerlo, no tenés tiempo para ofrecer”.
Al principio, iba al teatro como espectador, pero se le fue haciendo cada vez más difícil y durante muchos años no volvió a pisar un teatro. “No podía, estaba en carne viva, salía de ver una obra con mucha angustia por lo que no podía hacer. Así que me negué el deseo del teatro para no sufrir”.     
Alejado del teatro y con sus fines de semana apáticos, en un evento de la Asociación Cristiana de Ayuda al Preso conoce a Graciela, una profesora en Ciencias de la Educación y Filosofía que ejercía como maestra, y que poco tiempo después sería su mujer. “Venían unos curas chilenos tercermundistas que cantaban las canciones revolucionarias de la época ‘Qué culpa tiene el tomate’ y otras más. Graciela y yo éramos los únicos dos que íbamos a votar a (Héctor) Cámpora. A los pocos meses, en Marzo del ’74, nos casamos, con la ayuda de un cuñado de mi mujer que nos prestó un departamento en Capital Federal donde pudimos irnos a vivir apenas casados”. En esa casa nacieron sus dos hijos, María José y Lucas, y vivieron durante muchos años, hasta que decidieron mudarse definitivamente a Villa Ballester por cuestiones de trabajo.
Horacio abrió un gran paréntesis y se ocupó entonces en otras cuestiones -no menos importantes- que lo alejaron durante décadas del teatro. Su actor quedó relegado, acallado bajo frazadas en el fondo del placard. Agazapado, seguramente, esperando el momento de volver.
Los años fueron muchos. Fueron buenos. Y fueron duros. “Ay, ¡Qué llorón estoy hoy! ¡Es por culpa de Ustedes!”, nos reprocha. Revisitar la vida de uno, como ver fotos viejas en un álbum, emociona.
Recién en el 2008, casi 30 años después, fue nuevamente a través de la Iglesia que Horacio vuelve a acercarse a su otro amor: el teatro. “Billy, el cura que llevaba adelante la Iglesia, sabía que yo había sido actor y me ofreció coordinar la Pastoral de la Cultura, y acepté. Empecé trayendo espectáculos y conciertos para la comunidad. Así me contacto con la Comedia Municipal de San Martín y conozco a su director Miguel Cavia (ver Serpiente Amarilla Nro.6). Le debo mucho a nivel teatral. Es una persona de palabra
    En este punto Horacio Faillace retoma su vida artística, y después de muchos y largos años vuelve a ser Actor. Ingresa en la Comedia Municipal de San Martín y trabaja en la obras Romeo y Julieta, Hamlet, ambas de William Shakespeare, Tío Vania de Antón Chejov, y Don Barrios de San Martín de Eduardo Fortunato, siempre dirigidas por Cavia.
Ya jubilado, y con un trabajo menos intenso, hace un año y medio que el teatro lo ocupa totalmente. Finalmente el rol que ahora le toca cubrir es lo que le gusta hacer. Nuevamente está haciendo lo que más amaba: actuar. A los 72 años ya no quiere elegir más, tampoco seleccionar trabajos: “Yo quiero hacer todo. No tengo tiempo para elegir. No sé cuando me bajan la bandera de llegada”, parece una reflexión triste pero lo dice con humor, ironía y cierta sabiduría. Su reencuentro con el teatro le devuelve el deseo, el volver a desear, a desear otra vez. Entre sus proyectos está llevar a escena la obra Stefano de Armando Discépolo. “Claro que me encantaría hacer Stefano, pero estoy grande para ese papel. Yo me quedo con el personaje de Alfonso, el padre. Igual, todos los personajes de esa obra son grandes papeles para un actor

Este 2016 lo encuentra haciendo la obra Perseguirás un Fulgor, de Sergio Bastieri, en el Instituto Ballester, junto al Grupo de Teatro La Yunta que dirige Carlos Kaspar (ver Serpiente Amarilla Nro.2), y la obra El Jánle de María Inés Falconi, con el grupo Entretelones y dirigida por Carlos Juárez, en colegios secundarios junto a la Subsecretaría de Cultura y Educación de la Municipalidad de San Martín.
Horacio habló de fracasos, de haber estado en muchas obras que fueron un fracaso, y lo comparte como una característica que lo acompañó durante años.
Pienso, y creo, que rara vez fracasa el trabajo si está hecho desde un lugar artístico honesto. Puede que la boletería no acompañe del todo y que muy poco público llegue a apreciar el tenaz trabajo que hay detrás de esa obra. La cuestión estaría en qué consideramos pérdida y qué ganancia. ¿Es más fácil mantener la fe cuando el éxito acompaña? ¿Finalmente no podríamos llamar fe a esa fuerza que empuja a que sigamos haciendo algo que nos devuelve solamente -en la mayoría de los casos- placer por hacerlo? Para el dramaturgo irlandés Samuel Beckett, el fracaso es tan importante como el éxito. Si aparece, brindemos por él. Y dice
Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”.
¿Y la suerte? ¿La buena suerte crea la fe?  ¿La buena suerte trae mejores trabajos? ¿La suerte nos hace más felices? ¿Qué es la suerte?. “Yo creo que las cosas que se hacen bien, los buenos trabajos, son exitosos, y que la gente va por el boca a boca”, dice Horacio, y me pregunto qué nos hace seguir, qué lo hizo volver al teatro después de tantos años alejado, qué lo hace seguir a Horacio. “Yo soy una persona religiosa pero la fe me cuesta muchísimo. La única fe real que tengo, es cuando empiezo a actuar. En lo que efectivamente creo es en el teatro”.

 

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