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#3 CINTIA AXT

Actriz, Payasa y Docente de Clown - Nació el  1° de Abril de 1982 | VECINA DE SAN ANDRES Y VILLA BALLESTER

Texto: Silvia Oleksikiw / Fotos: Fernando Carrera

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DE NARICES A LA VIDA

La palabra que le viene a la mente a Cintia cuando habla del payaso es honestidad, “con eso tiene que ver el código, el lenguaje payaso, con ser sincero con lo que le está pasando a ese payaso, con la honestidad del momento, con ser espontáneo, con descubrir eso que no podés dejar pasar, con no perder el momento”, dice.
El clown, como técnica y disciplina teatral, tiene permisos que el teatro tradicional no tiene, o no usa habitualmente, como el romper la cuarta pared, es decir, poder mirar al público y establecer un vínculo directo con él; el código de lo lúdico y el juego, donde todo es posible; y el vértigo de no tener, como actor clown, el manejo absoluto de lo que vas a hacer o de lo que va a pasar. Cintia considera que el juego abre la posibilidad de revertir las cosas, de darles vuelo; y el vértigo de no tenerlo todo resuelto permite estar abierto y atento a lo que está sucediendo.  “Y estas dos cosas no pueden faltar en una obra de clown”, reflexiona.
¿Ser payaso es quedar expuesto?, le preguntamos, y responde, “Es un trabajo muy personal y muy sincero donde a través del juego uno va exponiendo sus vivencias, pero el mismo lenguaje del juego te contiene, no se expone tu vida directamente”.

Y, como ejemplo, dice que Oma, su payasa, se fue componiendo desde distintos lugares, a partir del paso del tiempo, de la experiencia, de incorporar más formación y de trabajar con la payasa, “ella va cambiando como va cambiando uno. Como en cualquier arte, el trabajo artístico se va modificando con las experiencias propias del artista, va teniendo otras búsquedas, otras inquietudes, otras necesidades” considera Cintia.
Tomó su primer taller de Clown en el año 2003, en La Carpita, una sociedad de fomento en San Martín. El docente era Roberto Fortunato y su payaso Jopito. “Hice un año sin entender lo que era el clown, hacer diciendo ¡¿Qué?!”. Luego siguió tomando talleres con diferentes maestros, unos más técnicos otros más emocionales, pero que cada uno le abrió un camino distinto para seguir investigando.  Cita a Pablo Algañaráz como un referente y maestro a la hora de aportar el sentir, y con quien comparte la mirada sobre el payaso.

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CINTIA AXT

Algo fundamental en la vida y formación de un payaso es la devolución del público. Cada reacción que el público le devuelve (risa, indiferencia, complicidad), le irá marcando al payaso el camino por donde adentrarse (o no).  Y reconoce que cuando sucede la sinceridad es fácil reconocerla “algo te pasa o no te pasa, no podés mentirlo, no podés hacer de cuenta que te está pasando. Y en eso el público te guía bastante. Por más que uno tenga un esquema y sepa lo que va a pasar o contar dentro de ese esquema, hay algo que tiene que estar todo el tiempo muy vivo, el aquí y ahora, el presente. Un constante ida y vuelta con el público”.
Sus tiempos de producción no suelen ser rápidos, y van mutando de exploración y búsqueda en exposición de lo que va surgiendo, porque el trabajo de clown se completa con el público, “ningún número está acabado hasta que no recibe la devolución de los espectadores”.
Escuchar una música o ver una imagen puede ser el disparador de sensaciones o emociones que aparecen en Cintia y que se tornan germen de sus futuras obras.
También los compañeros que elijo para trabajar. Y la vida, el cotidiano, las cosas que pasan, charlas que escucho en la calle, mis vínculos, una excavadora, que me hace imaginar, por ejemplo, a un payaso saliendo de abajo de la tierra, son grandes inspiradores para producir”. Luego es ponerse a investigar con esas sensaciones, ir dándole forma, y empezar a ver cómo contar esa historia que va apareciendo. Encontrar el qué y descubrir el cómo lo voy a transmitir. Y la prueba y error.  
A veces uno va con una idea y de repente se encuentra con un montón de cosas y se sorprende de lo que va pasando y dice `no pensé que iba a llegar a estos momentos. No sé que me pasó´ ”, se ríe de revivenciar esos momentos de incertidumbre tan enriquecedores para un payaso. Siempre y cuando, ese payaso sepa aprovecharlos.  
En el año 2009 presentó su primer unipersonal, Tú no tienes la culpa, dirigido por Natalia Aparicio, al que reconoce como “muy catártico, de cosas que me atravesaban específicamente a mí, traspolados a mi payasa, fue como irse de viaje y volver.  Más tarde empecé a meterme en otros juegos, en algo más universal, no tan personal, con el permiso de poder hablar de algo aunque, quizás, no me haya sucedido”. Después, empezó a trabajar con otra gente “como loca”, a investigar, entonces, el juego con el otro trabajando en dúos y tríos con sus compañeros Ezequiel Veroi, Roxana Bernaule y Sebastián Pomiró. Así estrenó Agüita de cananga, una investigación con la música y la payasa, como lo define Cintia.

Luego llegó el trabajo en grupo y la creación colectiva. “Un espacio puramente de juego, de exploración en grupo, de improvisación, no había nada que hacer sino explorar”, recuerda. El resultado fue Provocación navideña, una obra de teatro en género clown dirigida por Ezequiel Veroi. “Fue un recontra aprendizaje trabajar con tres payasos más en escena y generar una dramaturgia con textos de los cuatro, donde hay una historia y el aire de cuatro payasos”.  Con Roxana Bernaule gestaron su obra en dúo, Techo de cielo, en el 2012 después de viajar juntas a Perú.  Participaron  allí del Festival de Belén, en Iquitos, un voluntariado internacional organizado por el Gesundheit Institute, la fundación de Patch Adams, junto a Bola Roja, la Escuela de Payasos que dirige Wendy Ramos, donde  Oma vivió la experiencia de estar fuera de un teatro y acercarse a la gente desde un lugar más comunitario y social.
Docente de Clown en la Biblioteca Bernardino Rivadavia de Villa Ballester desde el 2010, para Cintia ser docente es ser una guía,  los ejercicios y pautas de trabajo son excusas para abrir espacios en el otro, es dar herramientas para que ese otro pueda descubrir su reaccionar sincero ante un estímulo.
Se inició en este rol por un momento especial, como ella lo recuerda: su primer grupo de alumnos se formó en el Bar Matacavalos, de Lacroze y San Lorenzo, de ese mismo barrio, ante el pedido de un grupo de amigos y conocidos. “Queremos que nos des clases”,  le impusieron mágicamente.Anotó en una servilleta los teléfonos de su futuro grupo y dos semanas después arrancó en el gimnasio que está enfrente de la Escuela Nro. 9, de Villa Ballester, primer lugar que albergaría estas clases hasta instalarse en la Biblioteca.
Si bien el clown es una técnica teatral no es necesario ser actor para poder hacer un taller. Actores, maestros, amas de casa, empleados, doctores, músicos, por nombrar algunos ejemplos, pueden convertirse en payasos. Todos salvo los niños, dice, porque no tienen nada que aprender sino al contrario, los niños son los grandes maestros de los payasos: la sorpresa, la vulnerabilidad, la espontaneidad, el juego, el aquí y ahora, la sinceridad y la magia son cualidades que comparten con el payaso.
Por eso, quizás, cuando piensa sus espectáculos los piensa para adultos, “me genera el desafío de abrir esos espacios que quizás se encuentran cerrados”. Sin embargo, trabaja sin diferenciación entre el humor para adultos y el infantil. Así es que dos de sus obras, Agüita de Cananga y Techo de cielo, hicieron y harán funciones también para público infantil (o para toda la familia, término instalado aunque desvalorizado o vaciado de significado).
HABITAR. Es la palabra que la rige últimamente, tanto para dar clases como para actuar, “habitar un estado, una emoción, un espacio, una idea, una verdad. El payaso tiene lugares recontra profundos pero simples que atraviesan el sentir. Y uno siente en el pecho, la panza, los músculos y el payaso está muy conectado a eso, tiene una verdad, simple o menos simple, y desde esa verdad que lo moviliza, que es su particularidad, su mundo, puede empezar a cavar y a habitar esa verdad”.  Como Charles Chaplin, a quien considera un maestro, el payaso se vuelve representante de las emociones que vivimos y sentimos, tiene esa capacidad de poder entrar en el otro, de captar esa humanidad.
Sus trabajos y su formación la llevan de un lugar a otro y de provincia a Capital, pero más allá de la comodidad que implicaría no viajar
tanto (a veces), Cintia elige quedarse en el barrio, en donde está su gente, su cocina para crear, a donde siente que tiene que volver después de sus recorridas.  “La realidad cultural del barrio es hermosa, de mucha calidad. Es una gran familia de artistas. Diez años atrás querer ver una obra de teatro significaba tener que viajar a la capital. Yo estoy enamorada del barrio. La Biblioteca Rivadavia es mi casa, mi hogar”.
¿El humor es cultural? El humor se alimenta de los juegos y los juegos son culturales, en el sentido de que pertenecen a la cultura de una sociedad, y éstos varían según las realidades y las épocas. Cambia el humor y cambia su manera de disfrutarlo o de compartirlo. La Playstation, el potrero, el jugar en grupo o en solitario, entre tecnología o entre montañas, por ejemplo, influye en las conductas de juego. Hay humores como sociedades. Y Cintia dice, con respecto al humor y a la forma de hacerlo, “no hace falta tanto, es más simple, es menos enroscada la cosa”.
Pero, ¿hay un humor  que  trasciende fronteras?, surge la pregunta, y Cintia se ilumina imaginando recorrer el mundo para investigar los diferentes tipos de humor. Así que, como Oma fue a todos los viajes de Cintia y va adonde Cintia va, en cualquier momento e inesperadamente puede aparecer su nariz roja y su manera de ver la vida.
Nutrida por su exploración personal y por su trabajo de docente, de pronto se descubrió atravesada totalmente por el clown. La investigación le abrió camino a la payasa para instalarse cómodamente dentro de Cintia. Hoy Oma se encuentra tan contemplativa como Cintia, sorprendidas ambas por la vida a la que disfrutan observar y la que no deja de sorprenderlas.

 

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