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#4 RODOLFO CICCHETTI

Actor, Director y Docente de Teatro / Carrocero de autos antiguos - Nació el 1 de Diciembre de 1938

VECINO DE V. BALLESTER Y J. L. SUÁREZ

Texto: Silvia Oleksikiw / Fotos: Fernando Carrera

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EL PADRE

A mi encantadora noviecita, dice la dedicatoria de la foto en la que se ve a un joven patinador. Detenido por siempre en un salto, sonríe a la cámara. Lo que llamaríamos, hoy y siempre, un galán. ¿Y la foto se la quedó usted?, le pregunto. Me imaginaba la escena donde él reclama la foto a su novia o a aquella novia devolviéndosela furiosa después de una ruptura. “Es que me casé con ella, es mi esposa”, me aclara.
La dedicatoria está firmada por Rodolfo Cicchetti, con nombre y apellido. Letra cursiva y prolija. Todo un estilo, pienso, o toda una época.
Ahora ese Rodolfo nos está esperando. Está atento y expectante de la entrevista. “Bueno, no sé, ¿qué quieren saber?”.  Su voz baja y pausada te obliga a entrar en otro ritmo. Hay que agudizar el oído y observar sus recuerdos de calles adoquinadas o sin asfalto, y del potrero que cruzaba para ir a la escuela. Una Villa Ballester a la que llegó con 2 años y en la que vivió hasta los 25 cuando se casa con Nora, aquella noviecita, y se mudan a José León Suárez a armar su familia. Allí nacen sus dos hijas, Mónica, contadora, y Claudia, maestra, psicóloga, actriz, docente y directora de teatro.
Ya había formado parte de dos elencos, era patinador artístico y ciclista cuando conoció a Nora a los 19 años. “El patinaje lo voy a dejar, la bici la voy a dejar, pero el teatro no lo voy a dejar,” le dijo cuando empezaron a salir. Y ella redobló la apuesta: le presentó a su vecino Francisco Tricio, fundador del grupo Escuela Tiempo de Teatro, y lo acompañó en esa tarea de actor cuando después del trabajo en el taller, Rodolfo se iba a ensayar, a dar clases o a una función. “Era una o dos veces a la semana, pero si estábamos por estrenar era todos los días. Llegaba y me iba a ensayar”.  La mujer de su vida. Nora.
Según cuenta, en esos años había teatro vocacional en sociedades de fomento, o en el Club Las Heras, o en el Fortines, pero poca oferta  de talleres de teatro. Para formarse como actor se iba a Capital Federal. Rubén Pesce y Alberto Rodríguez Muñoz, dos exponentes del teatro independiente, fueron dos de sus maestros. “No hice un taller determinado,  donde había uno yo me sumaba.  Tenía claro que me gustaba el teatro”, remarca.
Su papá, Antonio, le inoculó el virus. “Desde chiquito me llevaba al Teatro Los independientes (hoy Payró) o al Teatro del Pueblo, en Capital”.
Su padre, un italiano obrero y anarquista que aprendió a leer en el barco que lo trajo a Argentina, amante de los libros -y acá quiero hacer una pausa que es la que Rodolfo hizo, para agregar- “y de la libertad”.El dramaturgo y periodista anarquista Rodolfo González Pacheco, amigo de su papá, le dejó su nombre y una huella a la hora de pensar y hacer teatro: sencillo pero con contenido social, lejos de las marquesinas.

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RODOLFO CICCHETTI

Nunca pensé en vivir del teatro, mi conexión era más espiritual”, dice quien a los casi 75 años sigue fiel a su convicción: “A mí en el teatro me interesa la solidaridad, la libertad y el trabajo. Un reflejo de mi padre”.
A los 20 años conoció a Tricio y casi 30 estuvieron trabajando juntos. “Un hombre que venía del nuevo teatro, dice, aprendí mucho más de él de lo que había aprendido en los cursos que hice”.
Al lado de él, Rodolfo fue actor, asistente de dirección y docente de expresión corporal y vocalización. El grupo hacía las escenografías y los vestuarios para sus obras, que tenían  siempre un contenido social, que se difundían por el boca a boca y por carteles que ellos mismos fabricaban. “Igual, siempre costó la difusión. Nos empeñábamos en hacer buenas obras y nos enganchábamos tanto trabajando en eso que nos olvidábamos de la difusión”, dice, y con una sonrisa parece decirnos: lo seguiría haciendo así. Y he aquí un elogio al teatro vocacional o amateur: la libertad de elegir el teatro que uno quiere hacer.  
Libertad era lo que no había en varios períodos de nuestra historia, donde no se podía expresar libremente las ideas, donde se veía amenaza en cada pensamiento o acción diferente a lo que disponía el gobierno, donde veían pornografía en los dibujos, donde se ensayaba “un poco a escondidas” y donde un cura tercermundista les dio el comedor de la Parroquia Sagrado Corazón para ensayar y hacer funciones.
Eso fue en una.  En otra,  la última,  un llamado  telefónico  les  dio `hasta mañana´ para desalojar el Complejo Teatral Hugo del Carril, en el CEMEF, en donde Tricio y su grupo habían armado no sólo una sala sino todo un movimiento cultural. Entonces, entre la Biblioteca Rivadavia y un pequeño local en Chilavert, el grupo seguía haciendo. Y resistiendo.

En el año 1985, el grupo fue convocado para presentar sus obras en el Teatrazo, un ciclo derivado de Teatro Abierto (1981), una reacción cultural contra la dictadura militar argentina, creado por los dramaturgos Roberto “Tito” Cossa, Carlos Somigliana, Osvaldo Dragún y Carlos Gorostiza El teatro independiente se instalaba para siempre en Buenos Aires.
Rodolfo reconoce, con un contundente SI, que era un bicho raro para su época porque siempre iba con un libro abajo del brazo. “Y ojo que tengo sólo hasta 6to grado, eh”. Leyó el monólogo Querido Prócer, de Humberto Constantini, en El Grillo de papel, revista literaria fundada por el escritor Abelardo Castillo en el año ‘59 y prohibida en el ’60 por el gobierno de Frondizi, y le pidió a Tricio que lo dirigiera en esa obra. Si hacemos cuentas, Rodolfo tenía entre 21 y 22 años cuando lo leyó.  Hoy, más de 50 años después, volverá a escena con otro monólogo que también representaba por esos años. “Voy a hacer ¿De qué te reís?. Tengo que repasar un poco pero me acuerdo de casi toda la obra”, dice Rodolfo, que siempre fue un desastre para memorizar los textos pero que nunca dejó de dar el pie a sus compañeros de escena. “Lo importante es concentrarse en el personaje, mas allá de si me muevo exactamente como marcó el director o digo puntualmente todas las palabras. Me río porque si me escucha Claudia...”.
Y acá entra en escena, entonces, Claudia, una de sus hijas, la que dice: “nunca hubo un comienzo, el teatro estuvo siempre en mi vida, desde que nací”, la que de chiquita se escondía en patas o donde pudiera estar fuera del alcance del público pero cerca de su papá, y le “seguía el texto”, como decimos cuando acompañamos, libreto en mano leyendo para adentro, al actor que está en escena.
Mis viejos siempre nos ayudaron a explorar nuestras inquietudes, nos dieron mucha libertad. Mi papá nos decía: lo que decidan será respetado por nosotros”. Pero Claudia se da cuenta en la distancia, que nunca se animó a decir `quiero hacer teatro´ pero que buscaba estar en ese mundo lo más posible pidiéndole a su papá ir a los ensayos o a las clases de teatro. A los 12 años, en una de esa clases en la que ella espiaba desde su timidez a los grandes haciendo sus ejercicios, Tricio le da unos poemas engañándola, “no son para actuar sino para leer”, le dice. La única nena de la clase, asustada, siguió las consignas del maestro y actuó. Y siguió yendo a las clases pero ya como alumna. “Como era chica, recién a los 16 fue mi primera actuación, con la obra Chiquito y Verde, de Manuel González Gil y Carlos de Urquiza. Mientras tanto hacía de todo, traspunte, acomodadora, iluminadora, arreglaba tachos de luz, hacía la escenografía. Y ésa fue la experiencia más rica de esa época”. Y siguió hasta los 24 años, trabajando y aprendiendo con él, con su papá y con el grupo.
Con 18 años y estudiando para maestra, por insistencia sostenida de Tricio empezó a dar clases de teatro para niños en la Biblioteca Rivadavia, y actualmente en el Centro Cultural Ana Pavlova.
Tanto insistía Tricio en que se presentara a castings que un día Claudia le dijo, “Esto que pienso yo es herencia tuya y de mi papá, es lo que ustedes me enseñaron, entonces no me insistas porque yo no lo voy a hacer. Hacerlo implicaba aceptar un montón de condicionantes que no estaba dispuesta a aceptar. Yo prefiero quedarme acá, en mi lugar y hacer desde acá. Yo no quiero que mi nombre trascienda, y si trasciende va a hacer de otra forma, le dije. Y mi  papá también es eso”.  Ahora, ver a varios de sus alumnos seguir perfeccionándose, dirigiendo, actuando profesionalmente o generando espacios teatrales, la reafirma en su decisión.
Rodolfo dirigió a Claudia en el año 1988 en Enriqueta, o mientras la yerba aguante, de José Bravo. Antes, en 1985, ambos fueron dirigidos por Tricio en la obra De Ángeles y Demonios, de Rubén Fasiolo, por la que Claudia fue premiada en la Fiesta Provincial de ese año.
Hoy, la hija dirigirá al padre, y adaptará levemente la puesta original de Tricio para el monólogo ¿De qué te reís? de Constantini que Rodolfo representará una vez más, en Septiembre y en el Centro Cultural Ana Pavlova.
Antes ella era `la hija de Rodolfo´, ahora yo soy `el padre de Claudia´ “, dice pícaro, reconociendo la pasada de posta. El teatro corre en la sangre Cicchetti, de generación en generación: Rodolfo, Claudia, y también Martín, hijo de claudia, todos teatreros.
Al ver al Ballester de hoy, Rodolfo dice “creció en esto de que los grupos  tengan su teatro propio. Ese era el sueño de Tricio,  siempre dependiendo de  alguna  comisión  directiva  que  le  diera  un  lugar   para  ensayar”.   Seguramente sus recuerdos se encadenan mudándose de lugar a lugar llevando luces, patas, telones, vestuarios, y todo lo que habían ido capitalizando en tantos años de trabajo. Aparte de la experiencia y el trabajo en grupo.  
Lo que veo igual es la dificultad que sigue teniendo el teatro independiente para la difusión. Para el último Festival de Teatro Independiente de San Martín había carteles muy grandes en la calle pero no decían adonde se daban las obras. Tampoco los medios locales se hicieron eco del festival.  Sigue fallando, igual que cuando yo era joven”. Y a nivel producción cree que “en algunos casos se pone una obra atrás de otra pero sin profundizar, sin trabajo consciente. Pero no sirve. Es preferible hacer una obra menos pretenciosa, pero bien hecha”.
En un momento, y como para que hablen las imágenes, aparece arriba de la mesa una carpeta. Hay fotos de funciones, programas de teatro y recortes de periódicos. Un tal Alberto Gigena firmaba notas en Panorama Ballesterense:`¿Puede Ballester albergar su propio movimiento de teatro?´,`Sátira al Golpe Militar´,`El Elenco Escuela Tiempo de Teatro. Los últimos diez años´. Un tesoro para quien guste saber la historia del teatro en la zona.   En una foto, vestidos de negro, hay un grupo de actores, hombres y mujeres, arrodillados, ubicados en v, los brazos al costado del cuerpo, mirada al horizonte, inexpresivos, y un escenario despojado.  “Ahí estábamos haciendo Los Robots, de Jacobo Bajarlía”, comenta suave. Reconocemos sin que él nos lo indique a un Cicchetti joven, con rasgos bellísimos y porte estilizado.   Subo los ojos y lo miro ahora y veo que son rasgos que aún conserva este hombre de manos fuertes que toda su vida se dedicó a trabajar. Y lo sigue haciendo, en su taller, como carrocero de autos antiguos. Uno de los mejores del país. El no me cuenta esto, pero yo lo sé de buena fuente.
Claudia me dijo, sin saber, lo mismo que su papá. Y entonces pienso en las herencias que uno ni siquiera sabe que tiene, lo que va en esos gestos que reconocen más los otros que uno mismo. “Yo, cuando empezaba a salir con alguien le decía dos cosas: si esto progresa, casamiento por iglesia conmigo no va, y el teatro no lo dejo”.  Ahora respira profundo, busca las palabras, y dice “¿Una frase para mi papá? Gracias, por haberme transmitido esto”.

 

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