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#5 ROCHA BELINQUE HALPERIN

Actriz, Titiritera y Narradora - Nació el 7 de mayo de 1982 | VECINA DE SAN ANDRÉS  Y DE LA CIUDAD DE SAN LUIS

Texto: Silvia Oleksikiw / Fotos: Fernando Carrera

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Sus apellidos, rumano y polaco respectivamente, encienden el motor  de la  charla (o al menos sacia mi curiosidad por los orígenes). Como con tantos otros nietos o bisnietos de inmigrantes nos hermana no sólo eso sino también las intuídas  pero inciertas modificaciones de apellidos al ingresar al país. Llegada a la Argentina a principios del siglo 20, su familia es parte de la inmigración judía que se instaló al oeste de la provincia de Buenos Aires, muy cerca de La Pampa. “Los Gauchos Judíos, dice,  haciendo referencia al libro  de Alberto Gerchunoff, primero me resistía, pero cuando lo leí dije: maravilloso”.
Y como dando cuenta de su origen, y subida al impulso de su novio de irse a vivir a San Luis, hoy Rocha está migrando. Y “sembrando trabajo” en las sierras puntanas. Hasta que esa apuesta dé sus frutos, los días de Rocha se dividen entre las sierras de su actual pueblo y el barrio de San Andrés. “Vivir en una ciudad más pequeña es como mirar con una lupa: todo está más cercano, tanto lo bueno como lo malo, la información te llega mucho más rápido”, cuenta con imágenes de cuentera.
Su primera semilla es enseñar, algo que la acompaña siempre, desde su mamá profesora de hipoacúsicos y su papá preceptor, hasta sus propias clases de teatro para chicos y de teatro integrado. Ahora le llegó el turno de enseñar teatro a los adolescentes en una escuela secundaria.
Y empezamos a unir los puntos del mapa vital de Rocha, o a ir para atrás en la historia que nos devolverá a este presente, indefectiblemente.
Podríamos decir que la “mala suerte”, si es que existe, la acercó al Teatro. Fue durante el colegio secundario cuando, colapsado el taller de Alfarería en el que se había anotado con sus amigas, el preceptor le sugirió usar su ‘segunda opción’ de taller: Teatro. Así Rocha, sin siquiera imaginar su destino, empezó a formarse como actriz, con Claudia Groessman como su primera docente. Pero fue recién después del secundario que Rocha empezó a desear ser actriz. Ya estudiaba Derecho en la UBA(*), pero la Abogacía no era lo suyo. Los tests vocacionales la orientaban hacia el Arte y la Antropología. Se cambia entonces a Ciencias de la Comunicación, pero la abandona tres años más tarde.  “Yo soy de empezar algo y terminarlo, pero en estos casos se me presentaban otras cosas en la vida, otras necesidades”, dice, como para aclarar que el teatro era su lugar y hacia allí se encaminaba, lo que no sabía todavía era cómo y por dónde.

A pesar de los reproches por no traerle un ‘título’, fue su papá quien le acercó el volante de los cursos de actuación en la Municipalidad de San Martín.

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ROCHA BELINQUE HALPERIN

Era el 2001. El profesor era Miguel Cavia. Tenías una audición y una entrevista personal con él, y quedé. El curso duraba dos años, yo me quedé cinco, y me hubiera quedado más. Se formó  un grupo precioso, ahí conocí a Roxana Bernaule”. Hago punto porque debo anticiparles que este nombre se repetirá varias veces a lo largo de la entrevista. “Con ella y Nancy Micheloni formamos una compañía que apadrinó  Miguel,  como  a todos los proyectos que hacen sus alumnos. Es un tipazo, lo adoro. El me marcó un  montón. Con él sentí que podía hacer una profesión de esto”.
Se anotó entonces, paralelamente al curso de Cavia, en la carrera de Licenciatura en Actuación en el IUNA(**), que, como otras, quedó inconclusa también. “Lo que pasó es que me llama Omar Álvarez porque necesitaban un asistente técnico. Yo lo conocía porque mis viejos me llevaban al Hogar Obrero de San Martín a ver sus obras y porque habíamos hecho una obra con Miguel (Cavia) en el Espacios. Lo primero que le dije cuando me llamó fue que yo no sabía nada y Omar me responde, te estoy proponiendo enseñarte la teoría, la práctica y pagarte, porque es un trabajo”. Así lentamente fue pasando de las aulas al escenario y fue dejando materias del IUNA para poder trabajar en el Centro Cultural Espacios. Los pingos a la cancha, y se encontró Rocha aprendiendo en directo de los hermanos Álvarez. “Me acuerdo que cuando conocí el Espacios le dije a Miguel: yo quiero trabajar acá, es tan profesional, tan teatral todo. Tuve una escuela maravillosa, estoy muy agradecida”. Teniendo a Claudio y a Omar como maestros y ejemplo, fue tan grande su desconcierto como su felicidad cuando Omar les dijo a ella y a Roxana: “Ustedes van a ser  titiriteras. Y un día nos propusieron hacer Semillas de Paz, ¡dirigidas por ellos!. Yo había visto esa obra cuando era nena. Fue mucho aprendizaje, mucho dolor de panza y muchas horas frente al espejo con el títere. Nos enseñaban todo, hasta como llegar a una escuela y no dejar los bártulos tirados en cualquier lado. Fue muy intenso y maravilloso”.
De ahí en más los títeres ocuparon todo su tiempo. Un seminario con Rafael Curci, que incluía técnica, teoría, realización y guión, le dio aún más herramientas para esa disciplina. Así formaron con Roxana su propia compañía, el Grupo Luz Azul. Su primer obra fue Romance de Brisa y Abelardo, una adaptación de la obra ¿Me regalas una flor? de Horacio Tignanelli. “Yo deseé tanto que me llegó lo que quise. La escuela de Omar trabaja muy físicamente. Salvo la voz, porque usamos grabaciones, con los títeres pude poner todo el cuerpo en escena”.
Sin saber muy bien por qué, como ella misma lo dice, Rocha empieza a sentir que quiere contar cuentos. Después fue descubriendo que su mamá le contaba muchos cuentos, que le animaba los cumpleaños contando y que en su pueblo Rivera, Colonia Barón Hirsch, había sido bibliotecaria; y que sus abuelos participaron de la construcción del teatro de 580 butacas que hay allí, donde hoy se hace teatro comunitario. “Y empecé a sentir algo con los cuentos, sentí necesidad de narrar. Entonces hago un seminario intensivo con Claudia Stella, y mas tarde otro con Marcela Ganapol y Gimena Blixen. Entre leyendas y cuentos  pasé un verano hermoso, escuchando y narrando. Eso me dio el gran empujón”.
Parece ser que por esos días abría el bar Matacavalos, de Villa Ballester, y que una noche Rocha, decidida, entre copa y copa, le dijo a los dueños “yo quiero contar cuentos acá”, y que unos días después -y para que sepan de qué iba la cosa ya que creían que los cuentos eran sólo para los niños- volvió para contarles una leyenda. Parece que eso hizo.
Y estrenó en Marzo del 2009 su espectáculo Trayendo Cuentos. “Luego fue abrir la propuesta a otros artistas, y que uno de los dueños, Cabeza (Hernán Farias), empezara a musicalizar los cuentos en vivo, e invitara a Emiliano Cabrera y a Daniel Rollano. Y se armó un ciclo “al sobre”, y empezó a fluir

Este oficio de narrar le dio a Rocha la libertad que necesita para estar en el escenario. Ella, una alumna de puntaje 9 en el IUNA, a quienes los docentes le decían ´impecable´ pero también ´corrés el riesgo de ser fría´, sintió que eso fue el baldazo necesario que la llevó a entender que se sentía condicionada por las marcaciones de los directores.
Es lo peor que te pueden decir, pero me sirvió porque me pregunté como recuperar la espontaneidad, y empecé a liberarme, a ser menos cuidadosa y prolija. No es un problema del director, es un problema mío, que me siento muy condicionada. Alguna vez tendré la madurez para poder volver a trabajar con un director, no sé
Actuación, expresión corporal, pantomima, danza, dramaturgia, títeres; disciplinas que Rocha fue incorporando a lo largo de su formación artística y que pone en escena, quizás no en forma directa sino como una parte de ese todo que es Rocha cuenteando.

Su primer espectáculo como narradora surgió de corajuda y de hechar semilla como ella dice: “Yo donde puedo, siembro”. En cambio en Mujerío, río de mujeres que cuentan sobre sí mismas, el inicio fue diferente, aunque también vino de la mano del “mandarse” de Rocha. “Yo veo historias” le dijo a Carolina Ferrari, artista plástica del entonces grupo Pensión Completa, cuando vio sus cuadros, y la convocó para trabajar juntas. Y otra vez sembrar, fluir y sumar, porque Carolina trajo de la mano a la pianista Luciana Olmos para poner la música en vivo, y Rocha a Isabel Hidalgo, otra narradora. Así, en el año 2010, con las cuatro y con los cuadros como disparadores de cuentos e historias, Rocha dijo “Listo, se armó. No hubo esfuerzo, no hubo grandes horas de ensayos. Todo fluyó”. Con textos de Eduardo Galeano, Alejandra Oliver Gulle, Susana Thénon y Cecilia Absatz entre otros autores, Mujerío recorrió las bibliotecas del partido, la Capital Federal y La Feria del Libro durante un año y medio. “Era una unión de voces. Yo no hubiera podido narrar los textos que eligió Isabel, que eran preciosos y estaban hermosamente contados, porque la narración es algo tan personal
Aunque los motivos para elegir un texto y no otro van desde momentos personales hasta el azar de la caída de un libro y que se abra en determinado texto, lo que no cambia es el querer transmitir sensaciones e imágenes a su público. “Siempre hay una adaptación de los cuentos a la oralidad, igual trato de respetar ciertas imágenes que sean muy propias de cada autor, y las palabras, cuando son bellas
Pero me detengo un poco y retomo Mujerío para seguir uniendo puntas -o para abrir más caminos- y reconfirmar que el partido de San Martín es una gran familia de artistas. El vestuario del espectáculo, a cargo también de Ferrari, fue el puntapié inicial para el grupo Las Pollerudas.
Y atamos otra punta Rocha reconoce la enorme cantidad de artistas locales que tiene el partido, y en casi todas las disciplinas. “Faaaaa, cuántos”, decía a medida que iba descubriéndolos.

Su último trabajo para adultos fue Tierra que camina junto a su pareja, armoniquista él, quien llevaba adelante el sonido y la música de esta narración de leyendas. Excusas para recorrer diferentes lugares en su amplia acepción. Actualmente presenta, aquí, allá y donde la llamen, su espectáculo para chicos Puenteando.
No siento diferencia al narrar para adultos o para chicos, aprovecho que me gusta mucho la literatura juvenil y me permito usarla para contarle a ambos públicos. La diferencia, quizás, está en empezar con alguna palabra, y en la anera de contar, que no es una manera teórica sino práctica, ver lo que les va sucediendo a ellos, ver el momento”, y continúa con anécdotas de miradas huidizas o penetrantes de grandes y de chicos, de manifestaciones ruidosas que hubo que superar, del amigo fletero que un día se acercó para decirle: `Me separé y me acordé de tu cuento: no me llevo ni una gota de veneno´, y habían pasado seis meses desde la narración de aquel texto de Eduardo Galeano.

Para mí la narración es la vida. Porque nos recuerda de donde venimos. Al niño de ciudad le recuerda que el tomate no nace de la lata. En el lugar donde vivo, por ejemplo, no hay semáforos, y un día estaba contando un cuento en donde el semáforo era fundamental para la historia. Y ahí algo ocurrió, contarles lo que era, sus reglas de luces de colores.
Eso fue transmitir, eso fue comunicación.
Y yo creo que la comunicación es vida
”.


(*) Universidad de Buenos Aires (**) Instituto Universitario de Artes

 

 

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