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#6 MIGUEL CAVIA

Actor, Director y Docente Teatral - Nacio el  | VECINO DE SAN ANDRES

Texto: Silvia Oleksikiw / Fotos: Fernando Carrera

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CREER EN EL TRABAJO

Es el más chico de los cuatro hermanos Cavia. Miguel, después de pasar varios años en Capital Federal formándose y creciendo en el teatro, volvió al barrio y se quedó. Compró la casa de su infancia, aquella donde él nació y la que “comprarla era un proyecto inalcanzable”, como él describe a ese deseo que venía desde sus padres.
De operario a Director de la Comedia Municipal de San Martín, en el medio hubo calesitas, teatro y oportunidades.  Hubo y sigue habiendo teatro.
De joven, yo trabajaba en la fábrica Atma. Todo lo que era estar encerrado me agobiaba, y me preguntaba todo el tiempo ¿cómo se hace para vivir afuera? Así, mirando la vida, buscando qué hacer para salir de ahí, dije ¡Calesitas!. Lo más importante de la fábrica fue la motivación que me dio para buscar alternativas de trabajo que me permitan ese `afuera´”.
Cree que los límites angustian pero también encuadran y potencian para reafirmar lo que se quiere. “A mí me sirvió la limitación como impulso, como dice Tadeusz Kantor, para salir de donde no quería estar”.
Así fue, que después de aquella epifanía, el fondo de su casa se transformó en taller, y su trabajo pasó a ser buscar calesitas para alquilar, comprar, refaccionar y ponerlas en funcionamiento. “Me instalaba adentro de la calesita, que es como una carpa de circo, y trataba de vivir ahí mientras duraba el arreglo. Durante la mañana y la tarde era la calesita, y a la noche era el teatro. La última fue en el ’82, yo ya estaba trabajando hacía años en el estudio de teatro de Lito Cruz,  surgieron propuestas y la vida te va llevando…
La vida te va llevando…” porque la nueva pregunta que le apareció una vez que conoció el teatro, fue “¿Y cómo hago para estar más tiempo acá?.” Miguel y Lito  se conocieron siendo alumno y docente, respectivamente, en el Conservatorio Nacional de Arte Dramático.  Años más tarde, y ya con 28 años, Miguel pasó a ser parte del estudio que Lito tenía en la calle Suipacha, en Capital Federal, y lo fue durante diez años en los que estudió, realizó las escenografías, asistió y actuó.
En esos años, y con sus compañeros, compartió tardes y charlas teatrales con Robert De Niro, Oleg Yefrémov, Nikita Mijalkov y Peter Brook. “Uno puede charlar de igual a igual con estos grandes. Si uno conecta con la parte artística, desaparecen los niveles”. Pepe Cibrián, Julio Chávez y Alejandro Urdapilleta, fueron algunos de sus compañeros. Y fue con estos dos últimos con quienes hizo Cuba y su pequeño Teddy, de Reynaldo Povod, donde Miguel era asistente de dirección del propio Lito Cruz. Por esas cosas del teatro, de la rotación de papeles y reemplazos inesperados, de asistente pasó a actor en ese elenco y terminó compartiendo escenario con Urdapilleta.

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MIGUEL CAVIA

La televisión también lo tuvo como actor, pero dice que en la tele sentía lo mismo que en la fábrica, “Era estar adentro de una cajita. Económicamente era muy rentable y a mí me venía muy bien porque ya tenía a mi hijo Juan, pero yo no quería dejar las clases y mi mujer me apoyaba en eso. Era una tensión espantosa, mientras grababa pensaba ¡me tengo que ir a dar clases! y decidí no seguir. Para mí fue un alivio salir de ahí pero el resto me decía que era un boludo”.  Y piensa que quizás hoy, con más camino y más experiencia, se sentiría menos vulnerable ante ese medio del que decidió apartarse por manejar un código y tiempos diferentes a los que él traía incorporados.
Pero no todo fue angustia en esa cajita: ganó un concurso de talentos organizado por Juan Alberto Badía, donde fue elegido Mejor Actor y que le dio trabajo inmediatamente en una serie que empezaba a grabarse. “No entendía lo que me pedían, hacer alguna cosita me decían. Hice todo mal para que no me vuelvan a llamar”. Y fue también ahí, y actuando en Hombres de Ley, que conoció a Federico Luppi, a quien, años más tarde, Miguel le haría una arriesgada propuesta: dirigirlo en la obra El Vestidor, de Ronald Harwood junto a Julio Chavez. El elenco se completaba con Mónica Galán, Elvira Onetto, Jorge Ochoa y Nancy Dupláa y dos años después, en 1997, estaban estrenándola en el Complejo La Plaza, de Capital Federal. Y el riesgo y la confianza trajeron sus buenos frutos: la obra estuvo varios años en cartel, el público la acompañó, la crítica la elogió, tuvieron giras nacionales e internacionales, y en le año ’97 se alzaron con los premios ACE a la Mejor Obra Dramática y al Mejor Actor (Julio Chávez).   
Así las cosas. Miguel propone en algunos casos y acepta en otros, ya que fue el mismísimo Leonardo Sbaraglia, quien luego de aquel éxito, lo llama para pedirle la dirección de Largo viaje de un día hacia la noche, de Eugene O´Neill, junto a Norma Aleandro, Alfredo Alcón y gran elenco, obra que se estrenó en el año ’99, en el Teatro Maipo y con Fernán Mirás en el papel que originalmente haría Sbaragalia.
Lo que más disfruto es actuar, pero como tengo un lado que le gusta meterse en problemas y promover cosas…”, su actor originario lo llevó al asistente, al docente y al director, y a su derivado: promotor cultural.  Y la vida lo fue llevando…, una vez más.
Desde hace veinticuatro años Miguel es Director de la Comedia Municipal de San Martín. Leyó en el diario la convocatoria a concurso público para el puesto. “Tenías que presentar una obra, una puesta de luces, hablar sobre autores y obras. Me interesó mucho lo que se tenía en cuenta para la elección. Me sentí honrado cuando me llamaron para decirme que había ganado el puesto. Siempre lo agradecí. Y ahí comenzó un trabajo interminable, porque tenés que tener una adaptación constante a lo que es el aparato del Estado
Esa adaptación llevó a Miguel a dar talleres gratuitos en el municipio para actores que serían parte de la Comedia Municipal, tarea que aún continúa haciendo. El curso es de dos años, en el primero trabajan improvisaciones y en el segundo, repertorio. La modalidad con la que trabajan en la Comedia es variada y se adapta a lo que va resonando en el grupo “a veces yo propongo la obra, otras veces la traen los actores, algunos quieren trabajar tal o cual personaje, o tenemos dos actores para cada personaje, también trabajamos obras cortas surgidas y escritas por ellos mismos
Junto a Francisco Tricio, quien también era docente de la municipalidad y director de la escuela Tiempo de Teatro, armaron el actual Auditorio, que en su momento era usado como depósito. Lo limpiaron, lo acondicionaron, pidieron maderas para hacer gradas, trajeron luces, lo convirtieron en espacio para sus clases e hicieron un festival de Teatro. Así, llenando de público esa nueva sala, consiguieron tener visibilidad ante el Intendente de aquellos años, Antonio Libonati, quien, vía el Consejo Deliberante, en el año 1993 ordena la adquisición del actual Teatro Plaza de San Martín, torciéndole así su inminente destino de supermercado.
Orgulloso de aquellos logros, Miguel piensa en más. “El Auditorio se hizo por la gente de teatro, el Plaza se compró por la gente de teatro y yo creo que debería estar destinado, aunque sea una semana, a cada barrio, a que se muestren a los artistas de la zona. También se podría armar ahí una escuela municipal de artes
En su presente de Director de la Comedia dice sentirse “muy gustoso de lo que está ocurriendo ahora, y no porque se presente un camino fácil, sino porque se está trabajando de una manera muy seria, muy abierta, y eso está haciendo un camino. Aparte de los talleres que ya están funcionando de teatro para niños, adolescentes,  jóvenes y adultos, quiero sumar un Taller de dramaturgia. Me gusta acompañar este proceso desde lo que yo pueda aportar, hay que escuchar las necesidades”.
Sabe que está dirigiendo un lugar público, pero reconoce no haberse sentido nunca condicionado para elegir las obras que quieren llevar  a escena.  “Descubrir de chico, durante una siesta, un ropero lleno de vestuario y ropas teatrales en casa de mi abuela; un libro para armar una compañía de títeres, paso a paso, que me regaló mi papá para entretenerme durante una convalescencia. Todos los días en la cama miraba y miraba esas imágenes, y fue curarme para saltar e intentar armar ese imposible de articulaciones, poleas y engranajes. Y mi mamá, que fue una de las niñas de La pandilla Marilin, de la radio.” Estos, cree Miguel, fueron los hitos, y los  culpables, de su gusto por el teatro.
Pero su inicio en el mundo teatral fue por una novia de juventud. “Mis primeros pasos fueron siguiéndola, en una compañía teatral independiente en el barrio de Paternal”. Ahí se escuchaban nombres como Augusto Fernández, Lito Cruz, Agustín Alezzo  quienes, más tarde, terminaron siendo sus maestros de actuación.  De aquel niño al joven que buscaba estar afuera de la fábrica, del estudiante de teatro que quería pasar todo el día en el teatro, del asistente de dirección al actor y del actor al docente: Diez años en lo de Lito Cruz, veinte años en la escuela de Hugo Midón y quince en la de Julio Bocca. “De la docencia me gusta saber que realmente hay herramientas para el trabajo del actor, y que no son propiedad del maestro sino que éste ayuda a descubrirlas y aprender a ejercitarlas y aplicarlas. Ese momento del estudio donde hay que abrirse y entregarse como alumno, y después empezar a recibir y a sentirse dueños, eso lo disfruto mucho
Puesto a pensar en el futuro, cree que lo importante es fomentar el compartir y trabajar en encontrar eco en las autoridades. “El municipio te tiene que facilitar, está para eso, para promover, para alentar, y que eso fortalezca el desarrollo artístico de los teatreros pudiendo dedicarle el tiempo completo a la creación
El último proyecto que llevaron adelante con la Comedia fue Don Barrios de San Martín que fue escrita por Eduardo Fortunato a partir de historias,  vivencias y leyendas que cada actor traía de su barrio a los ensayos. Con esta obra seguirán presentándose este año y sumarán El Tio Vania, con el grupo Puente, y He visto a Dios, de Francisco DeFilippis Novoa, donde dirigirá este misterio moderno, como definió la obra el propio autor en 1930.
Miguel es un gran contador de anécdotas. Y tiene muchas. De cuando un piromaníaco les incendió la calesita en Vicente López, y de cómo con la ayuda de los vecinos en una semana lograron ponerla a punto para inaugurarla. De cuando él y sus compañeros de teatro se sorprendieron ante un Robert De Niro queriendo conocerlos. De Alejandro Urdapilleta y su desenfado, su atrevimiento y su libertad. De sus trabajos como actor en las obras La de Vicente López y Como quien mata un perro, obras que escribió y dirigió Julio Chávez, su amigo desde aquella época de estudiantes.
Miguel sigue preguntándose cosas. Miguel apura el mate, para poder llegar a tiempo a un festejo de la Municipalidad que lo reclama.
Este actor, docente y director teatral que anduvo, y anda, por el llamado centro de la ciudad pero que nunca despegó del todo de su San Andrés natal, sigue apostando al barrio.
Creo que es un momento maravilloso a nivel teatral en la zona, todo lo que se está desplegando. Es interesante saber que en tu barrio se pueda ver también buen teatro.”

 

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