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#7 LILIANA TASSO

Bailarina, docente y coreógrafa - Nació el 18 de Abril de 1970 | VECINA DE VILLA BALLESTER

Texto: Silvia Oleksikiw / Fotos: Fernando Carrera

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VIVIR EL MOVIMIENTO

Dentro de su amplio estar y ser parte de la danza, Liliana Tasso pasó por varios momentos diferentes. Empezó en el Ballet a los ocho años, dos años después de deslumbrarse viendo bailar por la televisión a Liliana Belfiore. “Insistí tanto que mis padres finalmente me anotaron. Era una vocación muy marcada y mi familia me acompañó. Es muy sacrificado, no podés tener una vida normal, pero yo sentía que ese era mi mundo y no lo sufría” .
Su primera maestra fue Masha Pavlovva, un personaje importante del barrio que tenía su escuela en el Instituto Ballester. Luego sumó maestros como Wasil Tupín, quien fuera director del Teatro Colón, Lidia Segni, Olga Ferri, y a los 21 años, a través de un postgrado de intercambio del Teatro Colón, partió al Teatro Bolshoi de Moscú, ahí donde casi todos los bailarines clásicos quieren estar. “Para mí fue muy dura Rusia, podría haberme quedado mucho más tiempo, pero me acobardó el clima, la cultura, la dureza, la comida. Y aparte, fue un momento de inflexión, ya que estando en el lugar donde siempre había soñado estar, me di cuenta que no se agotaban ahí mis deseos artísticos. Fue una experiencia maravillosa
A su regreso, Liliana ya bailaba en varias compañías independientes y en el ballet que dirigiera quien tanto la había deslumbrado casi 20 años atrás, Liliana Belfiore. Pero, buscadora, dio un paso más afuera de su propio perímetro. Así descubrió, y entró a la compañía de Estela Erman que trabajaba el estilo Neoclásico, estilo que usa las mismas técnicas de movimiento del clásico pero, a diferencia de éste, no se bailan los ballets de repertorio (aquellas piezas que ya están compuestas y se repiten siempre respetando esa primera puesta) sino que tiene un perfil creativo y crea sus piezas originales.
Mientras tanto y en paralelo fue de la mano de Masha, su primera maestra y con quien seguía tomando clases, que al poco tiempo Liliana comenzó a ser docente de esa escuela. Y era apenas una joven de 24 años cuando Masha decide retirarse de la decide retirarse de la enseñanza, y les ‘lega’ a ella y a Claudia Gianni, seguir con la escuela. “Era una responsabilidad tremenda”, recuerda de aquella propuesta que fue clave en su vida. Así decidieron trasladar su escuela fuera del Instituto Ballester a un espacio en la calle Pacífico Rodríguez, en lo que fuera uno de los primeros ateliers de Ceferino Carnacini. “Era un primer piso. Cuando entramos a ese lugar ya circulaba la magia artística”, evoca, y yo imagino ventanales y luz y ese espacio que hacía posible la pintura y el baile.

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LILIANA TASSO

La sociedad pronto se disolvió pero Liliana siguió con la Escuela Ballet, a la que se fue acercando gente de otras disciplinas. Eran mediados de los ‘90 y el primero en acercarse fue Rubén Fraga, un maestro de teatro argentino que había abandonado por una enfermedad su triunfal paraíso veneciano en Italia para volver a su ciudad natal, Villa Ballester, a pasar sus últimos años. Así Liliana empezó su incursión en el teatro, incluyéndose en el grupo que Rubén había armado. La función hace al órgano, dicen, y la Escuela Ballet se transformó de hecho en Centro Cultural abriendo sus puertas para ofrecer funciones de las obras de teatro que el grupo producía. Y de funciones de teatro Liliana empezó a sumar también pequeñas funciones de sus obras de danza experimental y de contemporánea, estilo en el que ya venía incursionando. Luego se sumaron la Plástica, el Mimo y el Clown. “Se fue transformando, más allá de mí. Fue algo que sucedió”. Junto al Centro Universitario eran los primeros y únicos en la zona.
Ya en el año 2000 se muda a la actual sede de la calle Lavalle 2567, y cambia su nombre a Centro Cultural Ana Pavlova (*). Y ya lleva 20 años trabajando en su barrio, del que nunca se fue. La descentralización de la cultura y el desafío de abrir nuevos espacios y nuevos públicos hace que siga eligiendo estar en Villa Ballester, más allá de lo difícil que eso pueda ser.
Entre el año 1997 y el 2000, anduvo por Estados Unidos, en la Universidad de Duke más específicamente, estudiando en nuevas técnicas de danza contemporánea. Y otra vez el universo se abría a nuevas formas de pensar y hacer la danza:
Trisha Brown (**), deconstrucción de la danza, conceptos más energéticos, en esos años y por esos lados no se hablaba de coreografía sino de movimiento, las técnicas eran de composición espontánea, la idea de cosas preconfiguradas eran ya conceptos obsoletos. “Con todos mis años de ballet y mi formación estructurada, allá me encontré que uno era un buen bailarín si podía caminar soltando todo su peso y pareciendo una persona normal en el escenario”.
A su vuelta, y con toda su cabeza explotada de estos nuevos conceptos, se abocó a la danza contemporánea y experimental como docente, intérprete y coreógrafa. Actualmente es docente del U.N.A (***) y si bien no sigue ejerciendo como bailarina clásica, nunca abandonó el ballet; y lo sigue enseñando en forma independiente en su Centro Cultural y en diversos lugares de Capital Federal.
Desde hace seis años es la actual presidente de la Asociación de Coreógrafos de Buenos Aires (CoCoA), una asociación civil sin fines de lucro, independiente, con 14 años de antigüedad, que nuclea específicamente a la danza contemporánea y experimental de la Ciudad de Buenos Aires y Gran Buenos Aires. “Trabajamos Ad honorem, y con mucha pasión y ganas”, pensando y creando planes de gestión para la danza, por ejemplo, la creación de una Ley Nacional de Danza presentada en el Congreso el pasado 29 de Abril. A nivel escénico, CoCoA organiza cada dos años, un Festival Internacional de Danza Independiente con el objetivo de promover artistas latinoamericanos que planteen una ruptura dentro de la danza. “En el futuro me gustaría traer al barrio alguna ‘cola’ del Festival, ya que el mismo acciona para que las compañías invitadas se presenten en otros lugares como La Plata, por ejemplo, pero no me animo porque aún no hay público para este tipo de propuesta”, y reconoce que inclusive le resulta difícil presentar sus propias obras contemporáneas en su Centro Cultural.  “Está faltando demanda en la zona tanto de público como de alumnos. El ballet está más instalado en el imaginario sociocultural como una buena actividad formadora para los chicos, más allá de si los alumnos quieren o no llegar a ser bailarines. La danza contemporánea también tiene esa riqueza para ofrecer pero la gente aún no la conoce en profundidad” . Tarea agendada en las ganas y proyectos para realizar.

Como coreógrafa y bailarina experimental sus últimas creaciones fueron IEES, que presentó en el Centro Cultural de la Cooperación, una obra que pone en escena a intérpretes en vivo que interactúan con intérpretes virtuales a través del dispositivo Skype de comunicación, y Arrastra, en el Teatro Celcit, que trabaja con sensores captando los sonidos que ella misma produce al arrastrarse por el piso y que son retransformados en otros sonidos por el músico Fabián Kesler. Y con su Escuela Ballet estrenó el año pasado su coreografía de La Bella Durmiente, en el Complejo Cultural Cine Teatro Plaza, de San Martín.  
Actualmente está gestando un proyecto de trabajo a la distancia con la Red de Universidades Latinoamericanas articulando cómo realizar una nueva obra. Y estará bailando en la obra Ajeno de Jorge Martinez, en el Ciclo Corpórea, en el Museo Saavedra, los Domingos 8 y 15 de Junio próximos.
Y viene un giro más, porque Liliana es también psicóloga egresada de la U.B.A. Fue al terminar el secundario, y a través de un artículo de Sigmund Freud que les dio un profesor de Composición en Danza, que se acercó a ese mundo universitario. Decidió estudiar más por curiosidad que por querer recibirse.
Y fueron 19 años de estudio tranquilo y enriquecedor.  Aunque no ejerce como psicóloga, aplica los conocimientos que le dio estudiar la carrera a su trabajo de investigación y docencia. “Fue un ejercicio intelectual, un aprendizaje personal. Después me fui dando cuenta que tenía muchos puntos de contacto con lo que yo hacía en danza”.
Así trabajó en el CENARESO con adictos en recuperación, en el Hogar de Ancianos Martín Rodriguez Viamonte y en Hogares de Tránsito para menores. Junto a otros psicólogos y artistas decide investigar y experimentar con cuerpos atravesados por determinadas problemáticas sociales y físicas, con una intención primaria puramente artística, para ver qué estéticas podían desarrollar. Un cruce entre artistas y poblaciones vulnerables.  El resultado fue la obra Des Del Bor De, presentada en el 2002 en la Sala Adán Buenos Aires, de Capital Federal, que terminó siendo un trabajo altamente terapéutico para quienes la bailaban. “Observé que se logró eso justamente porque no tenía un objetivo terapéutico. Algunas de esas personas pudieron tener visibilidad social o un acercamiento con sus familias, y eso es un gran logro”.
¿Hay un movimiento de danza nuestro, criollo? pregunto -y ahora que lo escribo me aparece internamente otra pregunta ¿hay algo autóctono, con nuestra sangre mezclada de indios y europeos?, y su respuesta casi trae de la mano esa imagen.  “Quizás porque la danza contemporánea y el ballet no nacieron acá es que miramos mucho hacia afuera para ver qué está pasando. Pero eso está cambiando. Los últimos 10 años fueron muy importantes para la cultura en general. Está habiendo más valoración de lo propio, de mirarse más hacia adentro, de estimular nuestra creación; pero todavía falta más”.  
Y hago un paralelo con el barrio y el generar focos culturales fuera de la Capital Federal, porque cree que Villa Ballester está teniendo una muy buena oferta de calidad cultural, en su amplia gama. Cree que, si bien tenemos que articular políticamente para poder avanzar, a veces se pierde mucha energía en eso. Por eso considera necesario tener y sostener una red de trabajo que potencie y valorice el trabajo tanto individual como grupal de los artistas locales, más allá de la política.  
A los 20 sos más fundamentalista. A veces uno cree que por conocer algo nuevo debe desechar lo viejo. A los 40 te das cuenta que todo va y viene”.
Liliana sabe que las cosas tienen movimiento, que se nutre de otros movimientos, idas, vueltas y revueltas y otros ámbitos, disciplinas y estéticas y reconoce que los años la hicieron valorar cada cosa.
Una vez, de chiquita, cuando escuchó que alguien preguntaba -¿pero cuándo viven los bailarines entre tantos ensayos y horas de práctica?-, Liliana respondió, “Viven mientras bailan”.

 

(*) Famosa bailarina rusa de Ballet, de principios del siglo 20.  (**) Coreógrafa norteamericana innovadora en la danza contemporánea. (***) Instituto Universitario Nacional de Artes.

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