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#8 JOSE LUIS GALLEGO

Cuentero - Nació el 28 de Septiembre de 1970 | NACIDO Y CRIADO EN VILLA BALLESTER

Texto: Silvia Oleksikiw / Fotos: Fernando Carrera

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EN LA MÁQUINA DE VIAJAR

Elvira Elma Beraztegui de Tapia esperó a su marido 3 horas despúes de las 9, con la comida preparada sin probar bocado.
Después fue al baño y con la calma de quien llena una boleta de ProDe descorchó 37 pastillitas de sus blisters y se las tomó con tres cuartos vino tinto.
Su marido llegó 5 horas más tarde y se la encontró muerta con la cara incrustada adentro del plato de lasagna y un cigarrillo a medio fumar que daba la sensación de aún estar humeando.       
Se acostó a dormir y a la mañana siguiente llamó a la funeraria y contrató el servicio de 2 estrellas con opción a nicho, se tomó 6 mates y comenzó a afeitarse tarareando el bolero de Ravel. Fin.  
  

Este es un cuento de José Luis Gallego, y nos lo cuenta a las dos de la tarde de un Jueves. ¿Hay días u horarios para los cuentos? Silencios, gestos mínimos, respiraciones, ritmos, sonidos van llenando la cocina donde hacemos la entrevista. Me lleva el cuento. “La materia prima del cuentero no es la palabra sino el silencio. Es música: silencios y palabras”, nos dice este hombre alto, de ojos achinados y una voz que genera mundos, personajes, olores, y uno puede escuchar los cuentos con los ojos abiertos porque ve las palabras. Y las imágenes brotan de cada una de ellas, y del silencio.
El cuento me llegó por varios lados. La primera vertiente de este gran río que es contar cuentos fue mi mamá”. La mamá y el papá de José Luis, emigraron de un pequeño pueblo de 20 casas, casi una aldea, llamado Moreda, en Galicia, España. Casas eternas, de piedra, que nadie recuerda quien las puso ahí. En ese pueblo, había un personaje “o cerrajeiro” que contaba cuentos, en reuniones de noches frías que organizaban para trabajar y en donde, alrededor del fuego, olvidaban por unas horas la nieve que los rodeaba (y esto ya es un cuento en sí mismo). “Al llegar a Argentina mi mamá se volvió una lectora compulsiva. Me doy cuenta ahora que siempre me estaba contando cuentos, mientras cocinaba, como si fuera algo que le pasaba a un vecino o un amigo”.
Robin Hood, Crónicas Marcianas, El Hobbit, y Ray Bradbury, JJR Tolkien, Fedor Dostoievski, Guy de Maupassant, Edgard A. Poe, Antón Chejov, eran algunos de los libros y autores que leía su mamá, y José Luis escuchaba esas historias como si fueran aventuras que vivían sus vecinos, los personajes.

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LILIANA TASSO

Moreno venía de estudiar en el Instituto Summa que fundaron Marta Salotti y Dora Pastoriza de Etchebarne, quienes ya en 1960 crearon el primer Club de Narradores, instalando en Argentina el concepto de narración como arte.  
¿Quieren que les cuente un cuento?, les dijo Moreno cuando llego un día a darles su primera clase. Les contó El Porquerizo, de Hans Christian Andersen. “Hizo todos los personajes. Algunos hablaban en otro idioma, pero yo les entendía todo. Era magia. Y a mí me partió la cabeza”.  
Fue en ese ámbito escolar, con un maestro que estimulaba la imaginación y que llevaba a la clase a ser un espacio de libre expresión, que José Luis narró por primera vez. “El nos propuso tener un Cuaderno de Libre Expresión, ´anoten, dibujen, escriban, hagan lo que quieran en él´, nos dijo, y después lo compartíamos en clase. Ahí yo narré por primera vez. La pata de mono, de W.W.Jacobs, me acuerdo”.
Hoy piensa que parecía todo tan casual y natural, “pero Moreno sabía exactamente lo que estaba haciendo. Era revolucionario en la educación, simplemente por contarnos cuentos. Después renunció y eso a nosotros nos dejó una enorme tristeza”.
Al salir del secundario se puso a trabajar para su papá, y José Luis empezó a sufrir pensando “Soy un vago, no sirvo para esto de vender azúcar”. Se entristecía por eso y también por estar haciendo algo que no le gustaba hacer. Entre venta y venta era periodista de oficio y hacía radio en un programa de policiales. Fue estando en contacto con ese mundo de investigadores e historias misteriosas que José Luis escribió los cuentos Las chicas de la Bañera, sobre un caso real de un baño imposible de calentar, muertes y fantasmas ocurrido en el barrio de Florida y La Lavandera de Brandsen, basado en el accidente del tren Luciérnaga en 1981. Si bien mantenía sus momentos para contar cuentos y escribir, fue recién a los 30 años, y ya siendo Gerente General en una imprenta, cuando José se dio cuenta. “Para mí no hay opciones, si no hacés lo que querés te morís, yo al menos me seco. Nuestro niño interior, ése es el que quiere, el que sabe lo que queremos”.
Corría el año 2000, José Luis contaba sus cuentos en la parrilla Garone por la costa de Vicente López. “Me gustó el lugar y le propuse hacerlo. En una parrilla imaginate que todo compite con el narrador, la gente está en pasame el chimichurri y esas cosas”. A pesar de lo adverso del lugar, se reforzó el deseo de hacer esto y nada más que esto. Recordó la voz de Moreno, aquel que había sido su maestro de grado, y lo buscó para que se convierta ahora en su maestro en la narración oral. Estudio con él cinco años, y en estos talleres conoció a Manuel de la Serna, Juan Martín Tapia y Francisco Benvenuti con los que formó El Viajecito de Felipe, compañía de cuenteros, que actualmente continúa pero sin Francisco que se dedicó de lleno a la actuación. “Contamos cuentos para adultos pero siempre hay alguno infantil. Es que en realidad los cuentos llamados ´para niños´ no existen en realidad. Si el cuento es bueno tiene que funcionar en todo público. Pero no siempre es al revés, hay cuentos de adultos que no podemos contar a niños, por temática o por complejidad narrativa”.
Actualmente aparte de sus presentaciones en teatro, cuenta cuentos en hospitales, en escuelas, tanto para chicos como para grandes. También da talleres de narración y escritura en villas de emergencias y en cárceles, y desde hace cuatro años trabaja en la unidad penitenciaria N° 48. “Los talleres tienen que ver con contar e inventar cuentos. A través de la oralidad nos saltamos el proceso previo de escritura e inventamos historias, para después sí llegar a la producción escrita. Así logramos trabajar de una forma más pragmática con la creatividad. Hablamos, nos grabamos, volvemos a escucharnos, desgrabamos y así vamos escribiendo
Cuentero, docente y comunicador, algunos de los textos creados en sus talleres salen al aire los miércoles a la noche por FM La Tribu donde tiene un programa de radio El Mono Cuentero Eléctrico Rojo, en coproducción con la UnSam(*) a través de Lectura Mundi. “No los elijo por ser de la cárcel o de la villa, sino porque realmente tienen calidad literaria. Después les llevo grabado el programa. Escucharse y escuchar eso que uno inventó, funciona como una herramienta pedagógica. La creación como libertad y como sanadora”.
MonoAmbiente es un ciclo de la Tribu de Monos escuchadores de cuentos, donde los primeros miércoles de cada mes a las 22 horas, en Lambaré 873, Capital Federal, se abre un espacio a quien quiera acercarse y contar. “Y Monos porque volvemos a lo originario, todos seres peludos escuchando historias alrededor del fuego”. Historias que se pueden leer y escuchar en su página www.cuentito.com.ar.
Dentaduras, guantes, pedazos de huesos, muñecos rotos, materiales que Gallego encuentra en la basura y usa para crear personajes dulcemente tenebrosos (o mejor dicho, seres vistos a través de una lupa deformante).
De esto se alimenta José Luis para crear personajes y situaciones, “La fragilidad del instante, eso que hacés o dejás de hacer que puede cambiar tu destino en un segundo”. O rediseñarlo, como sus muñecos hechos de pedazos.
Los cuentos no se cuentan para, sino con las personas, dice que decía Dora Etchebarne. Lo miro y quiero saber qué siente cuando cuenta. “Yo estoy en los cuentos. Siento lo que está pasando ahí. Y el oficio ayuda. Me olvido de mi gripe o mis asuntos, yo estoy con el gigante del cuento”. Pero, alguna dificultad tiene que haber, insisto. “Lo más difícil cuando cuento en escuelas, y en general, es generar los espacios de escucha, que tiene que ver con que no rebote, con dejarse atravesar. Y abrir ese espacio es como entrar con un machete a la selva, donde el yuyo a sacar es el celular, el ego, la competencia, la resistencia, la maestra, la comparación. Si eso sucede, funciona, y ahí uno desaparece y aparece el cuento. Es como un viaje a otro lugar por un rato”.
José Luis tiene algunos deseos pendientes, pocos. A Gallego le gustaría tener su casa propia. Y también viajar para escuchar y recopilar cuentos originarios de diferentes partes del mundo. Y seguir creciendo. Y llevar cuentos especialmente donde no hay muchos, “por eso voy a la cárcel o a un hospital, son buenos lugares para instalar la escucha y llevar imágenes, lugares donde siempre ven lo mismo. Para mí el éxito es estar pleno, hacer lo que uno quiere, ver la cara de los pibes mientras cuento o a un preso publicando un libro con sus cuentos salidos de mis talleres”.
Ve en el barrio un proceso de regionalización de la cultura, y cree que el partido de San Martín es una usina artística donde hay un conservatorio de música, una escuela de Bellas Artes, una carrera de circo, una escuela de títeres, de danza, infinidad de talleres con buenos docentes y colegas extraordinarios. “Se rompió la tiranía de tener obligatoriamente que ir a la capital a capacitarse. Igual siempre es bueno salir un rato y volver con cosas nuevas”.
Se toma su tiempo para encontrar las palabras con las que poder describir lo que siente al contar cuentos, y el silencio precede a su respuesta. ¿Qué es para vos narrar? “Más que narrar para mí es contar, contar cuentos o historias. Para mí un hecho estético y mágico. Es una obra, un ritual que tiene un principio y un fin. Hay algo que sucede en ese ritual, entre el narrador y el que escucha, que es empezar a vivir en un tiempo diferente. Porque de algún modo la percepción del paso del tiempo se ve alterada, y se altera porque empezamos a ver cosas que no están afuera sino adentro nuestro. Narrar es instalar imágenes más que palabras”.
José Luis Gallego dice que su trabajo es contar cuentos, y que ese trabajo es mínimo pero concreto.
Yo quiero dejarle una marca en la cara a la muerte, que sería eso que no se puede llevar con ella, lo que dejamos en los otros”.

(*) Universidad Nacional de San Martín

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