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#9 EMILIANA DE CRISTOFARO

Vestuarista y Diseñadora - Nació  el 1º de Octubre de 1984 | VECINA DE VILLA BALLESTER.

Texto: Silvia Oleksikiw / Fotos: Fernando Carrera

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LA FORMA DE UNA VESTUARISTA

Clásica de familia: Padre, madre y hermana. Emiliana nació en Florida, se mudó a Malaver, luego a  Chilavert para radicarse definitivamente a los 17 años en Villa Ballester. Me gusta definirla como longilínea, y de pelo lacio (aunque ella dice que tiene rulos en las puntas, si quisiera). Voz nasal. Mira, habla poco. Tiene una muletilla, “ahí va”, dice, cuando logra interpretar la propuesta del otro.
Primaria y secundaria las hizo en los colegios Nuestra Señora de La Merced, en el José Hernández, y luego en el Vera Peñaloza.
A los 18 años empezó a coser (o a descoser, mejor, para ver adentro). “Quería conocer la estructura de las prendas. Mi abuela me regaló su máquina (Bes-Buil) que es la misma con la que sigo cosiendo ahora, y en el taller de un amigo desarmaba ropa para ver cómo estaban construídas”.
Unos de sus primeros trabajos fue como costumizadora de prendas con la diseñadora Alicia Santaya. Durante dos años su tarea fue intervenir prendas a través de colocarle avíos o pintándolas. “Lo disfruté mucho, aprendí un montón de cosas”.
Al salir del secundario se anotó en la carrera de Antropología en la UBA, pero sólo hizo el CBC.  Se anotó, entonces, en la carrera de Diseño de Indumentaria, en el Cetic (*), “no buscaba tanto diseñar sino ponerme en contacto con el oficio, la  moldería, el armado de prendas”.
Como Emiliana ama viajar, abandonó los estudios para irse de viaje. Mochila en hombros,  a los 22 años partió para Europa. “Era un viaje por tres meses que terminó siendo de seis”.  Gracias a la insistencia de un amigo, Emiliana se desvía para Alemania y conoce Berlín, ciudad a la que no le interesaba ir y en la que terminó viviendo cuatro años y medio, entre idas y vueltas entre el 2006 y el 2012. Y a la que pronto volverá. ¿Por cuánto tiempo?  ¿Acaso ella lo sabe?
Sebastián, titiritero y actor, fue el amigo insistente y a quien deberíamos otorgarle el mérito de iniciar a Emiliana en el teatro. Pero en realidad, deberíamos cederle el honor de haber intuído un destino (porque, convengamos, no es fácil llevar a alguien donde no quiere ir), porque ella ya había sido seducida por el teatro, en Francia y viendo un Festival de Títeres. Podríamos decir que ese es el mojón iniciático, el momento en que Emiliana, viendo títeres, empieza a pensar en el vestuario teatral.
Ya instalada en Berlín, diseña el vestuario para la obra de títeres de su amigo Sebastián. “Ese fue el primer vestuario que diseñé, pantalones, camisas, chalecos, todo en miniatura”.

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EMILIANA DE CRISTOFARO

Después, asiste al vestuarista del grupo de danza Dorkypark, dirigido por una argentina, Constanza Macras. “El proceso fue muy interesante. No se trabajó con un texto, sino con música. En danza el cuerpo tiene, otras propuestas de movimientos, y hay que tener en cuenta cierta practicidad, y las telas que van a usarse para esa practicidad, al menos que el director quiera trabajar la incomodidad. Por otro lado, el movimiento posibilita dejar a la vista partes del cuerpo que quizás en otras disciplinas no ocurren, o no ocurren tanto, entonces la ropa interior también es algo más a tener en cuenta a la hora de diseñar”.
Con este grupo trabaja siete meses, conoce Sarajevo, y le ofrecen ser vestuarista de gira del grupo, pero a la vuelta decide abandonar esta oferta para seguir formándose, “quería hacer yo los vestuarios”.  Diseñó entonces, una colección de indumentaria de prendas recicladas, “una colección re-chiquita Primavera-Verano. La vendí toda y me fui de viaje con esa guita”, y el té ahoga la risa. Antes de Berlín, y para poder costear el alargue del viaje, en España trabajó de asistente de una diseñadora de tocados y bijouterie.
Ya regresada de Alemania, en el 2005, fue en la Biblioteca Fray Mocho, de Villa Ballester, y asistiendo una muestra del Taller de Teatro de Evangelina Tedesco, donde Emiliana se fue metiendo cada vez más adentro en el vestuario teatral. “Y poco a poco empecé a pensar más en el diseño, y eso, sumado a trabajar en equipo, fue una conjunción perfecta”.

En el 2011, y junto a su hermana Noelia, crea la marca de ropa y vestuarios Don Cholo, prendas que confeccionaban a partir del reciclado de otras prendas y con el nombre en homenaje a su abuelo, un reciclador de todo, que creemos -o deducimos a través de esta entrevista- que es el que les transmitió ese gen reciclador que atraviesa su trabajo, la retransformación de prendas.
Así diseñan el vestuario de las obras La joven casadera, de Eugène Ionesco, dirigida por Marta Riveros, y Quién me quita lo talado, de Adela Basch, dirigida por Ana Riveros del Grupo de Mandarinas.
Actualmente, Emiliana diseña el vestuario de la obra Humano, también de este último grupo, (y dirigida por quien escribe esta nota) próxima a estrenarse el 25 de Octubre en la Biblioteca Fray Mocho. “Yo no era del teatro, pero una vez que lo conocí no quise parar más. Una de las cosas que me resulta más interesante de trabajar en teatro, es el trabajo en grupo”.
Y empezó a estudiar Vestuario con Cecilia Zuvialde, vestuarista, escenógrafa y docente del IUNA(**) a la que Emiliana considera su maestra, con la que sigue formándose y quien la recomendó para la obra Fábula Gótica, de Matías Feldman (actualmente en escena en Capital Federal). “Fue sólo un asesoramiento. Fui a resolver un par de cosas, darle una integridad al vestuario que ya estaba planteado por el director y los actores”.
Banco de imágenes, películas, videos, archivos, su propia historia, la obra, los actores, la época.  Cosas que usa para inspirar sus vestuarios. Igual, ella no habla de inspiración. Para Emiliana el vestuario es un lenguaje que construye realidades, tanto en lo social como en lo escénico. “En lo teatral, me dio la posibilidad más concreta de crear esas realidades, dialogar con ellas al estar creándolas; tengo más posibilidades de experimentar con las molderias, de dar texturas, volúmenes”.
Plantear un vestuario teatral es diferente en cada caso, depende si será teatro de texto, danza o títeres, por ejemplo, de cómo se va a encarar el proyecto, si el director ya tiene una idea del vestuario o si se empieza de cero, todo esto responde Emiliana cuando le preguntamos ¿Qué cosas tenés en cuenta a la hora de plantear un vestuario? “El vestuario como todo lenguaje, tiene sus leyes. Podes ir dándote cuenta de algunas cosas que pueden funcionar para lo que la obra está pidiendo, cómo se comunican las formas con el cuerpo de cada actor. Porque vos podés tener una idea para determinada cosa, pero después en el cuerpo del actor queda totalmente diferente. Yo voy negociando
Humano y La joven casadera, por ejemplo, tienen dos propuestas espaciales muy distintas, una usa escenario a piso, y la otra  fue a la italiana, “tengo que tener en cuenta el tamaño del lugar, de los actores arriba o abajo del escenario, las profundidades, cómo se ve un actor en relación a la escenografía. Poner un zapato más alto o cambiar un color para generar más profundidad, puede hacer la diferencia”.
A Emiliana, que dice “ay, chicas, que difícil de responder”, le cuesta cerrar una respuesta, o quizás dar por cerrada una definición, y eso va de la mano con su forma de trabajar: no hay definiciones inmediatas, hay intuición, hay proceso, ver qué se va necesitando, qué va ocurriendo, qué requiere la escena. “No trabajo tan ordenadamente como para poder decirte que me inspira, o desde donde empiezo. El vestuario depende de muchas cosas, del presupuesto, de las telas que decido usar, porque no transmiten lo mismo diferentes telas, la estructura de las prendas se comporta distinto en una tela y en un cuerpo y no en otro. Todo esto te ayuda a decidir lo que querés expresar y las posibilidades que tenés para expresar”. Cree que hoy más que nunca es necesario comprar menos ropa, y que como diseñadora se puede trabajar con personas que tengan gran nivel de recursos artísticos y de diseño, manteniendo un trabajo de calidad artesanal,  “donde sabés quién lo hizo y bajo qué condiciones laborales lo hizo. Creo que hoy hay bastantes recursos para consumir de otra forma”. Así lleva adelante Rombo, su flamante marca de mochilas infantiles, creadas junto a la ilustradora Marina Zanollo, amiga y también vecina del barrio.
La posibilidad de reciclar prendas, de buscar nuevas formas en las formas, de darle una segunda vida (o tercera o cuarta) la mueve a probar también desde el vestuario teatral. “En lo posible siempre trato de buscar ropa usada y transformarla, trato de aprovechar la estructura de una prenda para expresar lo que quiero, la intervengo, la modifico, la resignifico. Y en algunos casos, eso no es posible, y es necesario entonces confeccionar la prenda especialmente para ese vestuario”.
Sumado a Vestuario, Emiliana estudia Gestión Cultural, y su tesis, para recibirse el año próximo, estará basada en el vestuario relacionado a la gestión. “Yo ya venía con la idea del reciclado de ropa y en Berlín encontré `la ciudad perfecta´ porque muchos diseñadores trabajan mucho con este concepto. Y en esa búsqueda me encontré también con formas de trabajo que me interesaron mucho, organizaciones en cuanto al vestuario, por ejemplo, colectivos de vestuaristas. Esto me va a hacer volver a Alemania, para investigar cómo trabajan, cómo se organizan, y después seguir la investigación acá. Algo así como ´el panorama laboral y los realizadores de teatro´, y como soy vestuarista, la aplico a mi área”
Observadora, crítica y poco conformista. No encuentra respuestas rápidas y pide disculpas antes de responder algo que no es exactamente lo que quiere expresar. Emiliana busca las palabras, porque no es lo mismo una que otra. Los idiomas y su construcción también le gustan, la inspiran y la atraviesan como persona. “Condicionó mucho mi vida el tener que aprender un lenguaje de cero, aprender su estructura, cómo buscás decir una cosa que no tiene sinónimo en otro idioma, tomando la esencia, como la comunicás”.
Pensando en su gusto por la moldería, imagino que los años ’40 y ’50 con su diseño de prendas entalladas, marcando las formas, recortes y conceptos podrían ser uno de sus preferidos, pero ella dice encontrar en cada época algo interesante, porque no sólo ve estética sino también historia, ropa que dialoga con un contexto histórico. “Hoy estamos habituados a ponernos un pantalón pero en su momento fue algo revolucionario, algo que marcó un cambio. Pero esta lectura recién puede hacerse varios años después. Hoy la acción de vestirse se volvió muy cotidiana, y a veces uno se viste con la que tiene o con lo que puede. Yo me hago muchas preguntas sobre el vestir y su expresividad”.
Le gusta estar abierta a los cambios que puedan ir sucediendo (¿únicamente en vestuario?, me pregunto) .“Podés tener un vestuario bastante acabado a nivel diseño y de pronto algo se modifica en la puesta, y a mí me gusta ir negociando eso, ver qué requiere la obra. Por eso digo que nunca llego a cerrar un vestuario hasta que se estrene, hay que seguir atento”.
Para seguir desarrollándose como vestuarista,  sí,  pero para seguir formándose, no. Esas son las opciones que Emiliana siente que le ofrece el barrio, el que la tiene yendo y viniendo permanentemente. “En Ballester creo que es posible seguir creciendo como diseñadora de vestuario porque veo cada vez más producción de obras y porque, aparte, encontré profesionalismo en esos trabajos. No está bueno que se perpetúe el amateurismo”.
En cambio, para seguir formándose esa posibilidad no la ve tan posible en el barrio. “En lo personal, me sirve irme del barrio, viajar y volver”.
Su casa es simple y un tanto desordenada. Me corrijo y digo, mejor, que su casa tiene cierto dnamismo, que mirás su mesa de trabajo y ves propuesta, ves algo inconcluso a medio hacer o esperando su momento. Algo que todavía tiene un tiempo por ser, está inacabado, por llamar de alguna forma a lo que aún está siendo.

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